De rodillas: sobre la apologética presuposicionalista

La apologética presuposicionalista está incrementando rápidamente sus filas, probando el desastroso estado de la argumentación religiosa.


Con el pasar de los años, me he vuelto muy familiarizado con los argumentos utilizados durante los debates sobre la existencia de las figuras divinas. He visto, por ejemplo, todos los debates de los llamados “cuatro jinetes del contraapocalipsis”, Cristopher Hitchens, Sam Harris, Richard Dawkins y Daniel C. Dennet, en los que se enfrentan, retóricamente, a diferentes teólogos, filósofos o miembros de alguna organización religiosa importante. Además de esto, he leído cada libro que se me ha puesto enfrente y que argumenta, a favor o en contra, sobre la existencia de Dios, la moralidad bíblica, la historicidad de Jesucristo, etcétera. Y supongo que lo que estoy tratando de decir es que, incluso cuando nunca me encuentro a favor del bando religioso en estos debates, me parece desagradablemente absurdo que la apologética presuposicionalista esté recobrando popularidad y relevancia cuando la argumentación religiosa, aunque se mantiene con un historial masivo de derrotas, había evolucionado lo suficiente para que las variantes de los argumentos modernos fueran, por lo menos, medianamente interesantes para el espectador.

Inicialmente, mi atención se dirigió a observar que la argumentación presuposicionalista estaba siendo adoptada principalmente por creacionistas. Si bien esta característica no debería utilizarse como prueba de la invalidez de esta doctrina, si es una ocurrencia que me causó pausa, pues, son los creacionistas los que, al fallar en su lucha contra la teoría de la evolución biológica por medio de la selección natural, empezaron a crear sus propios “diarios científicos” y textos “alternativos” en los que se promueve lo que llaman “ciencia cristiana”, que no es otra cosa que enseñanzas religiosas haciéndose pasar por ciencia.

Por supuesto, no me encuentro escribiendo esto por las creencias personales de alguien, sino porque el presuposicionalismo está siendo utilizado en debates de estilo académico, lo cual supone una dinámica que me pareció peculiarmente extraña al considerar que la argumentación presuposicionalista se basa, en su versión más básica, en iniciar con la suposición de que Dios existe, sin evidencia de por medio que haga de esta premisa algo probable o razonable. Esto es lo que hace del asunto algo insólito, puesto que, si el lado teísta simplemente asume la existencia de Dios, no habría razón alguna por la que el lado contrario simplemente asumiera su inexistencia. En otras palabras, no es una forma muy productiva o intelectualmente honesta, me parece, de debatir.

El presuposicionalismo, claro está, no es un invento reciente, pero me imagino que está ganando popularidad en estos días, específicamente hablando de su versión moderna, porque emplearlo es una táctica que, lamentablemente, parece ser muy efectiva —en discusiones improvisadas— contra personas que no están familiarizadas con esta corriente o que no tienen un conocimiento básico de lógica. Mi preocupación no está relacionada con las fortalezas de esta argumentación, ya que, como estoy a punto de mostrar en los párrafos siguientes, los argumentos presuposicionalistas son increíblemente sencillos de desmantelar; sin embargo, es interesante ver que el proceso de secularización en occidente esté ocasionando lo que solamente podría calificar como “medidas desesperadas”, por parte del extremo religioso.

El punto inicial de esta nueva ola de presuposicionalistas, como lo es el caso de Sye Ten Bruggencate, es que ellos asumen la existencia de Dios y de la veracidad de la Biblia a priori, que era lo que mencionaba con anterioridad, para luego intentar reducir la visión del mundo del oponente a un absurdo. Esto es un cambio significativo porque los debates de este tipo tratan, precisamente, de que se presente evidencia para la existencia de Dios y que esta evidencia sea examinada. En este caso, los presuposicionalistas presentan conceptos tales como que uno debe iniciar con la creencia en Dios para poder dar cuenta del mundo y que sin aceptar a esta específica deidad es “imposible tener conocimiento”.

Para avanzar con este juego semántico, los presuposicionalistas recurren a ciertos problemas conocidos de epistemología y la filosofía de la mente, como es el caso de afirmar que utilizar tus sentidos para verificar que los mismos funcionan apropiadamente es parte de un proceso circular (que es más que evidente para quién ha estudiado, por lo menos ligeramente, estos conceptos). Sin embargo, cuando ellos utilizan un razonamiento circular, al justificar la existencia de Dios con lo que dice la Biblia y viceversa, dirán que es un razonamiento circular “virtuoso” (porque contiene a Dios en la fórmula) y, por supuesto, alegan que esto es una excepción a la regla [1]. Desafortunadamente,  esto no sólo es un argumento circular, sino que también es un razonamiento falaz en la forma de un alegato especial. La situación se vuelve más complicada cuando se les pregunta cómo es que han leído la Biblia —el documento del que obtienen todas sus creencias—, pues obviamente requieren de la fidelidad de sus ojos para leer el texto, de su cerebro para procesar la información o de su oído para escuchar las lecturas en los sermones, etcétera. Ir en contra del uso de los sentidos, como método para obtener información válida, refuta su argumento. En otras palabras, tienen una menor probabilidad de éxito simplemente por el hecho de necesitar axiomas adicionales, en comparación con sus oponentes ateos, sin tener la justificación apropiada para los mismos.

Y ni hablar de la idea de que hay que empezar con la creencia en Dios. Aparte de lo obvio, esto es muy problemático para un debate porque, para una persona que no es un creyente de la doctrina en cuestión, sería inútil decirle que Dios realizó algo sin primero tener pruebas de su existencia; o viéndolo de otra forma, es análogo a hacer afirmaciones sobre las acciones o deseos de Anubis sin probar la existencia del dios egipcio. Esto hace que los argumentos primordiales de los presuposicionalistas pudieran ser utilizados para defender a cualquier deidad o entidad inventada sin gran diferencia alguna.

Por otro lado, tenemos la idea de probar la existencia de Dios al probar la imposibilidad del resto de ideologías, que es una de las cosas más absurdas que he escuchado en mi vida. No sólo es una proposición falta de lógica, ya que probar que los demás están equivocados no significa que se está en lo correcto; es solamente prueba de que… los demás están equivocados. No existe un procedimiento lógico por el cual, por ejemplo, al refutar a los dioses griegos se pruebe la existencia de los egipcios, ni que al refutar las ideas del Buda se compruebe la existencia del panteón nórdico, etcétera. Sin embargo, incluso si fuéramos caritativos y aceptáramos esa metodología como válida, sería una de las tareas más ridículas e imposibles de cumplir por una sencilla razón:  probar la existencia de Dios mediante la refutación del resto de perspectivas existentes significaría, considerándolo todo, que se debe probar que todas las ideologías distintas que han existido, existen y existirán (en la totalidad del tiempo futuro) son falsas. Una tarea que resulta, siendo lo más generoso posible, improbable de que realicen.

Otro problema al debatir a presuposicionalistas, como es el caso de Eric Hovind, es que utilizan términos en un sentido especializado y más tarde lo intercambian por su uso coloquial. Esto dificulta la examinación al tener que perder tiempo explicando el uso erróneo de las palabras en ciertos contextos. Cuando hablan del conocimiento, por ejemplo, tratan de empujar una noción absolutista en la que, para saber algo, debes saberlo al 100% o, de lo contrario, no lo sabes para nada, pero el conocimiento no se presta a dichas prácticas, ni en el área de epistemología, ni en el uso casual y práctico del día a día. Existen gradaciones sobre el conocimiento que podemos tener de las cosas y, especialmente en filosofía, las teorías sobre la adquisición del conocimiento son algo más complicadas que una simple propuesta binaria entre saber algo y no saberlo. Yo, por ejemplo, sé jugar póquer. No “sé” jugarlo tan bien como el mejor jugador del mundo, pero ciertamente sé jugarlo mejor que el peor. Y bien se podría decir que las tres personas, de las que se hace mención en el ejemplo anterior, “saben” jugar póquer (es decir, conocen las reglas del sistema de juego).

Esta completa indiferencia hacia la honestidad intelectual, al asumir la respuesta en lugar de tratar de llegar a la verdad, es completamente opuesta a la base de la sabiduría socrática, que postula al principio del saber como el resultado de reconocer lo poco que uno comprende. Irónicamente, la doctrina presuposicionalista está predicada en que un individuo —Jesucristo— haya existido realmente, que haya realizado los actos que se le atribuyen y que sus afirmaciones hayan sido correctas; de otra forma, los presuposicionalistas se encontrarían sosteniendo una “bolsa vacía”. Con Sócrates, por el contrario, incluso cuando se concediera que el personaje nunca existió, como es deducido por algunos historiadores y académicos de alta reputación, su método no sería menos válido y, de hecho, seguiría siendo útil para las civilizaciones futuras.

También es lamentable que los proponentes de este credo no acepten que sus intenciones son principalmente ideológicas y quieren jugar en el lodo sin ensuciarse: mostrando un rechazo por la ciencia y la razón, pero sin admitir que sus proposiciones puedan ser identificadas como anticientíficas o irracionales. Ellos no son como Chesterton, que, aunque reaccionario y evidentemente equivocado, era sincero en su preocupación cuando decía que “lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo” o lo que dice bajo la forma de la siniestra figura, en “The Man Who Was Thursday”, sobre los filósofos y su cuestionamiento por todo (que es, en realidad, uno de los actos más nobles por haber).

Para finalizar, me referiré a un problema más que existe entre los argumentos presuposicionalistas y ese sería la idea de que todo el conocimiento proviene de aceptar a Dios y que sin Dios no podrías saber nada con certeza absoluta. Como se imaginarán, esta idea también la obtienen, por supuesto, de un verso bíblico (Proverbios 9:10).  Esto lo hacen porque, obviamente, las personas con suficiente honestidad intelectual aceptan las dificultades filosóficas para justificar la existencia propia o de lo que llamamos “realidad”, así como los problemas del solipsismo, puesto que, incluso en términos científicos, hablar de absoluta certeza está fuera de la discusión y lo que las ciencias tratan de hacer es crear modelos que se acerquen lo más posible a lo que, en conjunto, llamamos “realidad”. En este caso, los presuposicionalistas tratan de ejercer algo de presión, con la idea del “conocimiento absoluto”, para tratar de orillar al oponente a aceptar que si no puede saber nada con total y absoluta certeza, entonces podría estar equivocado sobre TODO lo que “cree saber”. Este argumento es muy débil, pues hay algo que puedes saber indiscutiblemente (de hecho, es algo que cualquier persona en el mundo puede saber) y eso es: que no lo sabes todo. Este simple y humilde reconocimiento, de saber que no eres omnisciente, significa que puedes tener conocimiento de algo indiferentemente de tu religión o creencias, por lo que no necesitas aceptar a Dios (mucho menos a uno en específico) para la obtención de conocimiento y con este razonamiento la necesidad de sus presuposiciones deja de existir. Aquí el debate debería terminar o, por lo menos, regresar al formato tradicional de la apologética clásica o evidencialista, que es mucho más interesante para los que observan el debate, y que, aunque sólo ha avanzado en favor de la irreligión, al menos promueve algo de ejercicio mental para luego dar paso a las discusiones adultas.

Por supuesto, la refutación de estos argumentos tan ridículos no nos dice nada sobre la existencia o inexistencia de Dios, pero espero que este tipo de textos sirva, por lo menos, para orientar un poco sobre lo incoherente y descabellado que es adherirse a las proposiciones presuposicionalistas. Proposiciones que parecían ser suficientes para la época en la que, bajo la amenaza de la espada, era difícil pensar diferente al rebaño, pero que se quedan demasiado cortas hoy en día.

[1] – Frame, John M: The Doctrine of the Knowledge of God (A Theology of Lordship). Philadelphia, Presbyterian & Reformed, 1987

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