Alta infidelidad: sobre el reporte de tortura de la CIA

El controversial reporte de tortura de la CIA demuestra una traición a los ciudadanos estadounidenses y a los valores que la nación pretende representar.


El 9 de diciembre del 2014 se liberó el resumen de un reporte conocido como “Committee Study of the Central Intelligence Agency’s Detention and Interrogation Program“, que informaba sobre los programas de detención, interrogación y tortura de la CIA. Uno de los detalles más importantes del documento es el reconocimiento de que ciertos prisioneros habían sido torturados y que, en conclusión, esto no ayudaba a obtener inteligencia utilizable o ganar la cooperación de los detenidos en alguna forma significativa, por lo que el acto, además de claramente inmoral, resultaba completamente inútil. También es notable el descubrimiento del abuso de poder y las malas prácticas empleadas en el programa, así como la falta de regulación y supervisión de las acciones que los detenidos sufrían diariamente. Estas acciones son ahora consideradas, por diversos grupos nacionales e internacionales, como violaciones a los derechos humanos, así como a leyes internacionales y a múltiples tratados de los que Estados Unidos forma parte.

Además de la obvia injusticia, algo similarmente trágico podemos conjurar al hablar de la reacción inicial de algunos medios y grupos que, siguiendo la fórmula tradicional retórica del “excepcionalismo estadounidense”, empezaron a justificar las acciones de la CIA con el viejo argumento de que cualquier acto cometido por los Estados Unidos es, por definición, correcto (porque se realiza siempre por un “bien mayor”, por la defensa de sus ciudadanos, etcétera). Una argumentación que sólo los más “patriotas” o nacionalistas podrían aceptar, ya que si la agencia estuviera convencida de que dichas acciones son las correctas, no hubiera perdido tanto tiempo utilizando eufemismos tales como “técnicas avanzadas de interrogación” para intentar eludir la crítica internacional con respecto al tema de la tortura.

La liberación de este documento es de suma importancia porque normaliza y posibilita que el mundo por fin tenga evidencia de lo que ha sospechado todo este tiempo, y eso es: que el país que pretende estar orgulloso de sus valores vanguardistas a menudo los olvida o decide simplemente ignorarlos cuando le parece conveniente. Tomando en cuenta como se trata a las minorías y a las comunidades despoderadas, no es sorpresa que se les esté dando este trato a los individuos que han sido catalogados como enemigos del Estado, pero ello no evita que el hecho siga siendo una atrocidad.

También valdría la pena que señalar que los ciudadanos estadounidenses no son las víctimas de una dictadura, por lo que deberían ser los primeros en preocuparse al compartir responsabilidad con el gobierno que los representa y que, aunque no siempre puedan sentirse representados por el mismo, son la única posibilidad que existe para detener estas prácticas brutales y evitar que vuelvan a ocurrir en el futuro.

El afamado psicólogo que cobró popularidad luego de sus experimentos realizados en Yale sobre la obediencia,  Stanley Milgram, decía que “la desaparición de un sentido de la responsabilidad es la consecuencia de mayor alcance de la sumisión a la autoridad”. En otras palabras, este tipo de prácticas sólo son posibles cuando los ciudadanos olvidan que ellos son los que, de estar organizados, mantienen el poder en una nación. Un sentimiento análogo a lo que la escritora estadounidense, Joyce Carol Oates, trataba de elucidar cuando decía que “El Homo sapiens es la única especie que inventa símbolos para otorgarles pasión y autoridad, y luego olvida que dichos símbolos son invenciones”. Es tiempo, así me parece, de retomar dichos símbolos y recuperar la responsabilidad.

Por otro lado, no puedo evitar sentir disgusto por los políticos de derecha que han salido a defender estas prácticas y que siempre terminan suscribiéndose a la falsa proposición de que es necesario hacer varios sacrificios (ignorar los derechos humanos, desafiar las leyes internacionales, cometer tortura, etcétera) o, de lo contrario, el terrorismo ganará y la nación estadounidense estará en un peligro inminente el día de mañana. Al mismo tiempo, siento una enorme indignación con la respuesta de la izquierda (con la que, generalmente, tengo una mayor afinidad) porque, aunque se encuentran en el lado correcto de la discusión (en contra de la tortura), no pueden escapar la burbuja ideológica bipartidista y reaccionaria, es decir, algunos conservadores argumentan sobre la necesidad de la tortura para combatir al terrorismo y la respuesta de los liberales es hacer referencia a la evidencia de que la tortura no funciona como método de interrogación efectiva porque, en la mayoría de ocasiones, el torturado admitirá lo que sea para que el tormento se detenga. Esto último es cierto; sin embargo, no termino de entender la razón para que la discusión sea en relación a la eficiencia del acto, en lugar de hablar sobre la moralidad (o inmoralidad) de la acción. Por supuesto, esto es parte del reciente ciclo interminable en el que los conservadores tienen una postura —generalmente equivocada— y los liberales estadounidenses, aunque bien intencionados, terminan siendo una fuerza simplemente opuesta que responde, frecuentemente, utilizando el marco de referencia conservador y sus reglas, en lugar de detenerse a considerar la discusión a largo plazo y hacer un intento por dirigir la conversación.

El lenguaje utilizado para discutir los problemas es, como queda evidenciado en los escritos de Orwell, una parte fundamental para encontrarles solución. Y es un mundo peligroso en el que nos encontramos cuando algunas de las más terribles acciones perpretadas contra la humanidad son juzgadas en términos de productividad. Mientras que todo se puede ver como un juego de números, todo acto será justificable. ¿Qué pasaría si de pronto los métodos de tortura resultaran efectivos? ¿Se volvería esta práctica correcta? No. La oposición a la tortura no debería estar relacionada con un porcentaje de efectividad, sino con el análisis moral del acto y las razones por las que la acción se identifica como intrínsecamente inadmisible.

Una vez dicho esto, podemos proceder a aclarar que lo más interesante de todo esta controversia no son los descubrimientos plasmados en el documento. Ésta no es la primera ocasión que una agencia de los Estados Unidos hace algo polémico y —cualquiera se atrevería a apostar— no será, ciertamente, la última vez.  Un análisis más riguroso de la situación nos revelará que quizá nuestra atención debería estar enfocada en otra dimensión relacionada a este mismo caso.

¿No son estos documentos la prueba de una traición o infidelidad al pueblo estadounidense y a sus principios?

Se podría decir, incluso, que este hecho es similar a cuando alguien encuentra a su pareja engañándole. No en magnitud, por supuesto, pero en esencia. En otras palabras, a nadie le gusta que le engañen, pero si uno puede liberarse de las emociones y el sentimentalismo del momento, que es lo que normalmente ciega al sujeto, es posible encontrar una serie de dinámicas particularmente peculiares en este tipo de suceso.

Después de que una persona es atrapada engañando a su pareja, por ejemplo, el individuo infiel hace promesas de no volver a cometer dicha traición o excusarse bajo mil razones (se encontraba ebrio, fue víctima de una seducción, etcétera), pero lo que toda persona —que no sea un idiota— se podría preguntar, al ser un observador ajeno, está relacionado al curso de acción del individuo de no haber sido descubierto, pues, ¿qué sucedería si esta persona jamás hubiera sido descubierta? Para entender el espectro completo de lo que este reporte de la CIA significa, basta imaginar el caso en que estos documentos jamás hubieran sido liberados. ¿Qué ocurre con el individuo infiel que no es atrapado? Es un estereotipo común, y probablemente atinado, que este sujeto, en un gran número de casos, seguirá arriesgándose para probar los límites de su suerte. El peligro mayor de este acontecimiento se encuentra en el tipo de operaciones que estas agencias pueden ejecutar lejos del conocimiento público en el presente y la disposición de estas organizaciones para “tentar su suerte” a pesar de que, tarde o temprano, sus actividades podrían —y probablemente así sucederá— ser descubiertas. ¿O es que acaso, al iniciar estas operaciones, la agencia no sabía que estaba incurriendo en una operación inmoral?. La facilidad para realizar estas acciones viene, entre otras cosas, de que todo el asunto está estructurado como un préstamo de capital moral. Pueden cometer éstas y otras atrocidades el día de hoy porque saben que no tendrán que enfrentar el desprecio público de inmediato, sino tiempo después, cuando habrá otros asuntos importantes que atender y que disminuirán el impacto o la atención al descubrimiento, y eso es si es que dicha información llega a hacerse pública.

No podemos saber con certeza lo que pasaría con ésta u otras organizaciones de operar totalmente en la oscuridad, pero es ingenuo pensar que por sí mismas se encargarían de su regulación y se castigarían apropiadamente cuando han actuado de forma indebida. ¿Qué sería de los derechos humanos si no se intentase poner algo de pelea cada que estos se ven amenazados? Probablemente viviríamos en un mundo bastante distinto y no para bien.

El más grande intelectual público de nuestra época, Noam Chomsky, es criticado, muy a menudo, por “enfocarse demasiado en los Estados Unidos”. Sus críticos alegan, frecuentemente, que se están cometiendo crímenes iguales o peores a los de la nación norteamericana en algún otro rincón del globo. No obstante, lo que estos individuos no pueden entender —o no están dispuestos a entender— es que, Chomsky, al ser ciudadano estadounidense, tiene responsabilidad parcial en las acciones de su nación y por eso ha dedicado gran parte de su vida a luchar contra las injusticias que ve a su país cometer.

Ahora todo queda en manos de los ciudadanos estadounidenses para que, al igual que con las infidelidades, antes de pensar en la posibilidad de volver a confiar, deberían preguntarse si vale la pena hacerlo. Al final del día, el pueblo de la “más grande nación del mundo” debe superar la proposición de que hay una separación entre los ciudadanos y el gobierno, y, como hace Chomsky, empezar a aceptar la responsabilidad de este tipo de actos como propios. Sólo así podrá existir la esperanza de tener una relación más saludable con el resto del mundo. Ciertamente —y para continuar con la analogía—, hablar de un “divorcio” con esta agencia está, probablemente, fuera de toda discusión, pero los habitantes del país del “sueño americano” deberían, por lo menos, intentar renegociar los términos de esta “capitulación matrimonial”, antes de que este tema sea olvidado y pase simplemente a formar parte de la gran lista de desastres nacionales que Estados Unidos tiene bajo su nombre. También sería buena idea que los miembros de esta nación se cuestionaran cuando fue la última vez que la agencia ha servido al interés público y porqué es que puede salirse con la suya con dicha facilidad, especialmente cuando le está siendo infiel a los valores que, se supone, son fundamentales para la república. Quiéranlo o no, he aquí lo que los impuestos estadounidenses están pagando año tras año: crimen e injusticia.

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