El origen de la tragedia

El pueblo griego se rehúsa a continuar con los abrumadores programas de austeridad y su democracia le produce algunos adversarios.


Luego de un referéndum histórico en el que Grecia preguntaba a sus ciudadanos sobre la postura económica a la que deberían apegarse, los votantes aseguraron un rotundo “No” a las medidas de austeridad, que fueron propuestas para “aliviar” la deuda internacional de dicho país. La conclusión de este referéndum no fue bien recibida por diferentes funcionarios y representantes del resto de países de la UE, en especial Alemania. Además, sumado a los cambios que llegarán con esta decisión de gran impacto económico, es posible ver en Internet una resurrección de la intolerancia y odio que ya llevaba tiempo fermentándose en suelo europeo. Una sencilla búsqueda en la web servirá para encontrar toda una serie de chistes y memes racistas haciendo referencia a que los griegos no pagan sus deudas o que son flojos, lo cual es una lamentable y desagradable malinterpretación de lo que aquí aconteció.

Por un lado, tenemos el rechazo a las nuevas medidas de austeridad que, recordando, iban a ser colocadas encima de las normas del 2010. Esta elección de ninguna manera significa que Grecia no quiera pagar, simplemente que no quiere hacerlo bajo las medidas y condiciones exactas que el resto de la UE desea. Por otro lado, es ridículo que se trate de imponer una única forma de pagar la deuda cuando, en palabras del economista francés Thomas Piketty: “Gran Bretaña, Alemania y Francia estuvieron todas en la situación de la Grecia de hoy y, de hecho, estaban mucho más endeudadas”. Por otro otro lado, existe un argumento que señala que un programa de austeridad no sólo sería trágico para los ciudadanos de Grecia, sino que también es poco favorable si lo que se quiere es que la nación logre pagar su deuda; una opinión que incluso Paul Krugman, el Premio Nobel de Economía 2008, comparte cuando nos dice que: “Austeridad para un país en la posición de Grecia parece una solución impracticable, incluso si la deuda es todo lo que importase”. Por supuesto, la deuda no es todo lo que importa o, al menos, no es todo lo que debería importar. Estamos hablando de alrededor de once millones de ciudadanos griegos que serían afectados directamente por la decisión del referéndum y cuyas vidas se deberían tener en consideración por encima del aspecto económico. Ciertamente, es injusto que los ciudadanos dentro del resto de países de la UE se vean afectados por esta decisión, pero esto no es culpa de Grecia.

¿Quién es el verdadero culpable de este problema? La respuesta es sencilla una vez que dejamos de enfocarnos en que Grecia tiene una deuda y nos preguntamos a quién le debe, y porqué es que toda la UE está tan interesada en que adopte ciertas políticas económicas, a pesar de que los propios ciudadanos griegos piensan radicalmente diferente y deberían tener la libertad de elegir la manera en que su país se conduce. El caso en cuestión suena bastante familiar. Este país mantenía una deuda con instituciones financieras privadas y, para quién no lo sepa todavía, esto no debe confundirse con las dinámicas que existen en los préstamos entre amigos, en el que el préstamo incluye la garantía implícita de que será pagado en un futuro próximo. En este tipo de préstamos, las instituciones privadas operan bajo un análisis en el que calculan el riesgo de un préstamo y, en relación a ello, se asigna un interés que, al ser el préstamo pagado, se convertirá en las ganancias que genera la institución. Sin embargo, esta premisa incluye el hecho de que es posible que el deudor no pueda pagar, de ahí que a mayor riesgo se cobre, generalmente, un impuesto más alto y a menor riesgo, uno más bajo. Así funciona el capitalismo que las instituciones bancarias celebran todo el tiempo. Pero la tragedia griega inició cuando se impidió que estos organismos privados absorbieran las pérdidas por sus errores y, en su lugar, se decidió que los ciudadanos europeos fuesen los que tendrán que pagar por la pésima valoración de riesgo de estos préstamos (similar a lo que ocurrió con la crisis económica estadounidense del 2008, para lo que sugiero el libro “First as Tragedy, Then as Farce“, de Slavoj Žižek). Esta sucesión de eventos revela a las instituciones bancarias como lo peor de la bifurcación capitalista-socialista, que puede ser resumido en la tradicional protesta de la “privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas”.

Por supuesto, esto no quiere decir que Grecia se encuentra libre de responsabilidad alguna en todo este desastre, pues son quienes se endeudaron enormemente en primer lugar, pero es claro que hay otros participantes que tienen una mayor responsabilidad dentro de este conflicto y que le están jugando de manera injusta al pueblo griego. Un pueblo que bien podría comprometerse con facilidad, bajo un esquema justo y sensato, si no se les estuviese acorralando contra la pared o amenazándole de una manera cuasimafiosa.

También habría que hablar del euro y de esta ilusión de solidaridad que existe alrededor de la Unión Europea. Se pensaría que el punto central de tener una moneda común entre diversos países es, entre otras cosas, la prevención de que el valor de dicha moneda se esfume a la primera que una nación entre en crisis. Pero esto parece no ser así. Con la decisión de la ciudadanía griega, se ha iniciado una plática sobre eliminar a Atenas de la UE, que aunque peligroso en su superficie, es un argumento que nos lleva a reconsiderar la empresa del euro en su totalidad, pues, no existe seguridad alguna en la moneda si la situación será que, cada que un país entre en crisis o se resista —mediante vías democráticas— a aceptar medidas impuestas por un organismo exterior, se hablará de eliminarlo del bloque; esta característica es increíblemente alarmante, especialmente considerando que, desde un principio, se decía que la membresía de la UE estaba pensada —con justa razón— para ser irrevocable. Es una respuesta todavía más absurda cuando consideramos que la bancarrota de un país no es un problema nuevo en Europa y que países como Austria, Alemania o España han estado en quiebra en un MAYOR número de ocasiones que Grecia.

También hay que ser más exigentes al referirnos a un proyecto como democrático, pues, como Orwell sugería, en su ensayo “Politics and the English Language”: “los defensores de cualquier tipo de régimen pretenden que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un significado”. Hay que ser más escépticos e interrogar el término más a menudo, pues cada vez está más alejado de su fundación aristotélica (en la que los pobres deberían poseer mucho más poder utilizable que los ricos, porque son más).

¿Qué es lo que le queda a Grecia? Sólo esperar a conocer la reacción de la Unión Europea y sus principales participantes. Es posible que ocurra un milagro y se reconozca la necesidad de renegociar la deuda para beneficio de todos, aunque honestamente lo dudo. También es posible que Grecia, el país que le heredó democracia al resto del mundo, sea castigado por utilizar su propia invención y escuchar a su gente. Mientras tanto, el resto del mundo debe mostrar solidaridad con nuestros hermanos griegos, ya que no será la última vez que seamos testigos de una ocurrencia similar. Eso lo garantizo.

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