El alarmista

Alejandro González Iñárritu se equivoca, ente otras cosas, sobre las películas de superhéroes.


En el 2008, debutó una nueva película de Marvel titulada como “Iron Man“, que, dirigida por Jon Favreau y protagonizada por Robert Downey Jr., iba a iniciar una nueva era de entretenimiento basado en filmes de superhéroes. Durante la obra misma, el personaje principal, Tony Stark, obtiene información que señala que su propia compañía de manufactura de armas ha estado funcionando como el proveedor bélico de un grupo terrorista y esto, a su vez, lo lleva a tomar cartas en el asunto, convirtiéndose en el icónico superhéroe que ha aparecido en la portada de cómics por décadas y que comparte nombre con el título del filme. En su contraparte del mundo real, en Diciembre del 2015 se liberó un reporte de Amnistía Internacional que nos informaba que el Estado Islámico estaba armándose con un arsenal de procedencia estadounidense. Mientras tanto, la retórica liberal se ha mantenido intacta por años en su oposición a la industria armamentística, que, bajo el incentivo de maximar sus ganancias, siempre estará tentada a fomentar los conflictos militaristas.

Alejandro González Iñárritu, el distinguido cineasta mexicano, habló hace algunas semanas en contra de las películas de superhéroes por ser right-wing. Poco tiempo después, Robert Downey Jr. le respondió al director de una forma medianamente ofensiva y la prensa, por supuesto, decidió enfocarse totalmente en la polémica detrás de esta reacción y olvidar lo que la originó. Personalmente, creo que la declaración de Iñárritu es muchísimo más interesante, pero estoy totalmente en desacuerdo con su postura.

Por un lado, Iñárritu señala que las películas de superhéroes tienen una inclinación política de derecha, pero esto sería una lectura increíblemente superficial y lamentable de los filmes. Se podría argumentar, por ejemplo, que todavía hay mucho que hacer para que Hollywood se convierta en el estandarte ejemplar a seguir por el segmento liberal estadounidense y que todavía existen múltiples áreas en las que ha sobrevivido algo de conservadurismo; pero Hollywood, en general, es más conocido recientemente por su inclinación a la izquierda y esto ha favorecido que, en los últimos años, las discusiones sobre tolerancia y diversidad se hayan vuelto algo esencial del día a día. Discusiones que antes no llegaban a las masas y que ahora lo hacen con facilidad gracias al increíble poder de las redes sociales para distribuir información de forma instantánea. Una característica esencial, se argumentaría, que ha logrado que los estudios sientan la presión de adaptarse a nuevos tiempos y lineamientos políticos que, en conclusión, fomentan que los filmes sean más responsables con temas, por ejemplo, de discriminación racial o de género. También habría que señalar que se han introducido comentarios sobre problemas sociales actuales en una gran cantidad de filmes y que, año con año, esta práctica se ha vuelto de lo más frecuente y aceptada. Joss Whedon —director de las dos películas de The Avengers—, por ejemplo, es conocido por su activismo a favor del feminismo, pero también es recordado por haber realizado comentarios con una inclinación tan a la izquierda que incluso ha llegado a alienar a miembros de la comunidad feminista y liberal. Es posible que esto no sea prueba suficiente de la tendencia política de los filmes de superhéroes, pero al menos es un argumento que pone en duda que estos puedan ser categorizados total o directamente como “right-wing”.

Es posible, por ejemplo, detenerse a buscar la causa o problema social con el que cada una de las películas modernas de superhéroes trata de lidiar antes de regresar al argumento de vencer al supervillano. Todo está ahí, en los filmes, incluso cuando podría considerarse innecesario para el segmento al que estos apuntan. Por supuesto, también se podría argumentar —y es cierto— que por cada interpretación que clasifique el argumento del filme como progresista, existirá una interpretación que le identifique tintes de conservadurismo, pero esto sería negar totalmente la intención del autor. Iron Man, como mencioné anteriormente, hace un comentario directo sobre el rol del complejo industrial-militar en las guerras y cómo es que al vender armas puedes estar equipando a tus adversarios o a los de tus aliados; la franquicia de X-Men habla, a menudo, sobre la persecución, por la sociedad en general, del ser “diferente”, que es análogo a la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ; “Captain America: The Winter Soldier” hace referencia directa al estado de vigilancia actual a la que están sometidos los ciudadanos estadounidenses como parte de una “estrategia de seguridad nacional”, etcétera. Algunos de estos problemas sociales ni siquiera son vistos como tal por el segmento conservador estadounidense, por lo que los comentarios de Iñárritu simplemente parecen fuera de lugar. Es posible, claro está, que algunos de estos filmes no son lo suficientemente “progresistas” para el gusto del director, pero teniendo el contexto político estadounidense en mente, acusarlos de ser directamente conservadores es un comentario por demás ingenuo y desinformado.

Iñárritu también se refiere a estos filmes como un “genocidio cultural”, pero ¿qué hay de genocidio cultural en una obra que se añade a la cultura? Dependiendo de las corrientes de teoría del arte que uno acepte, podríamos hablar de estas obras en términos de baja o alta cultura, de capital cultural, de su valor como experiencia o afirmación, etcétera, pero nunca negarles su posición en el espectro porque, claro, todas las obras existen como una comparación. Cada nueva obra cambia nuestra percepción de todas las demás en existencia y, de la misma manera, influyen en la cultura. Las más importantes lo hacen de forma violenta y revolucionaria mientras que, las menos influyentes, lo hacen de forma mínima o a veces sólo sirven para ayudarnos a apreciar mejor a las primeras. El hecho de que se discutan los valores de estas películas —positivos y negativos—, y que sean vistas a nivel mundial, les da relevancia cultural. El asunto se vuelve todavía más irónico al saber que Birdman, el último filme del director, perdería una gran cantidad de significancia simbólica de no existir dentro del contexto de esta era en la que el superhéroe del cómic ha dejado de ser parte de un nicho pequeño y oscuro, y se ha reinventado para ser consumido por las masas, que en su vida han tenido sus manos sobre un cómic.

El director nos dice que son obras “básicas y simples”. Esto es parcialmente correcto, la mayoría de películas de superhéroes no tratan de ser muy profundas y sólo tratan de entretener, pero esto no tiene nada de malo, y es muy presuntuoso y arrogante que el director mexicano pretenda aleccionarnos sobre lo que las obras deberían ser o el mensaje que deberían transmitir. Esta línea discursiva es particularmente absurda cuando señalamos que él mismo, al elegir dedicarse a la creación de filmes, debería saber que lo que él considera como su visión será muy distinta a la de los demás y que, seguramente, hay personas dentro del bando conservador que están igualmente preocupados por las narrativas encontradas en los filmes del director mexicano. Además, incluso si todas estas películas tuvieran un mensaje horrible y estuvieran en el sótano de la estética cinematográfica, que, me atrevería a decir, no es el caso, tendrían el derecho a existir por el simple hecho de que la razón de toda obra artística está justificada por sí misma.

Por otro lado, también se podría argumentar que los superhéroes de estos filmes no están resolviendo los problemas sociales, mismos que se plantean en dichas películas; pero esto sería un punto a favor de ellas, especialmente si estamos sumamente interesados en “el mensaje” detrás de las obras. Sería un mensaje pesimista para la humanidad que estas películas insinuaran que la única manera de solucionar los problemas de discriminación, por ejemplo, es recurriendo a un superhéroe con poderes fantásticos. No, el superhéroe simplemente va y pelea contra la amenaza transdimensional, la invasión alienígena o la mente maestra criminal, por mencionar algunos casos, para luego darle a la humanidad otra oportunidad de resolver los problemas comunes de racismo, pobreza, desigualdad social, etcétera. Desde luego, si uno es un poco más sofisticado, es fácil entender que los filmes no tienen la responsabilidad de ser “positivos” en primer lugar y que debería ser totalmente aceptable festejar un filme por sus secuencias de acción y explosiones cuando así lo amerite.

Se podría decir, si uno así lo piensa, que estos filmes son pésimos, que están faltos de verosimilitud, que las actuaciones son ridículas o el mensaje no se comunica de forma eficaz, etcétera. Hay una infinidad de argumentos válidos que se podrían utilizar para rechazar a estas obras, y es por eso que me resulta trágico el uso de este sentimiento “moralizador” y paternalista, que es más peligroso que lo que podría inspirar cualquiera de estas obras. Irónicamente, la actitud de “piensen en los niños” no sólo es una falacia para apelar a las emociones, también es una postura generalmente conservadora que se ha usado históricamente a favor de la censura tácita y explícita de otras obras.

El director transmite desagrado en relación a que los superhéroes, alega, van en contra de la gente que “no cree en lo que dice creer o porque no son aquello que quieren que sean”. Pero esto es análogo a lo que él está haciendo con su comentario. Él está operando funcionalmente como el superhéroe moralizador de traje blanco que pelea contra los filmes que considera inmorales o política y filosóficamente incorrectos. Pero esa es una labor sisifiana. Al final del día, sería absurdo que los filmes siempre tuvieran que reflejar al protagonista con los “valores correctos”. En algún momento hay que confiar en la audiencia y tener la esperanza de que encuentren los defectos de sus personajes favoritos o que, aunque disfruten la película, puedan estar en desacuerdo con los actos de los personajes. Pensar que nuestros hermanos están en la cuerda floja, y que dependen de que los cineastas utilicen la moralidad correcta en sus obras, es no tener esperanza en la humanidad y, en dado caso, ¿cuál sería el punto de crear arte para dicha especie?

Cuando se argumenta sobre una película con los “valores incorrectos”, uno inevitablemente tiende a pensar en cómo sería la que estuviera diseñada para ser aprobada por el “Buró de las Buenas Costumbres”. Pero hay que recordar, como dijo sabiamente Christopher Hitchens, que “no se puede alterar el hecho de que en la vida progresamos mediante el conflicto y en lo intelectual por medio de argumentos y discusión”. En otras palabras, quizá si se dejasen de hacer filmes políticamente incorrectos, la tasa de sensibilidades ofendidas disminuiría, pero también lo haría el progreso, pues no habría ningún nuevo obstáculo que sortear. De la misma forma, Oscar Wilde dijo que “un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado” y con esto no trataba de decir que la utopía era alcanzable, sino que era algo que deberíamos mantener postulado en el horizonte, como un recordatorio de que siempre podemos hacer las cosas un poco mejor. Incluso cuando estamos en total desacuerdo con las conclusiones de una obra, ésta es importante en la medida en que no nos es indiferente y fomente una discusión que nos permita seguir mejorando. No hay ninguna discusión de importancia (o, para el mismo caso, progreso) que se haya dado al estar todos completamente de acuerdo.

Disfruten estas obras o no lo hagan, pero no las culpen de nuestra condición. El arte, frecuentemente, funciona como un reflejo de nuestros problemas (porque “todo arte esconde realidad”), pero nunca es la fuente de ellos. Ciertamente, las películas de superhéroes están dominando la taquilla y quizá muchos ya estén cansados de ellas o quisieran que se les diera la oportunidad a muchos otros proyectos. Pero la realidad es que esto ha sido cierto en múltiples otras épocas, sólo que predominaba una temática distinta. Las malas películas no abundan a causa de una conspiración hollywoodense, lo hacen porque lo sublime es algo difícil de alcanzar. En cuanto a Iñárritu…

The direct’r doth protest too much, methinks.

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