La mañana siguiente

Un nuevo atentado terrorista posiciona a Europa en una lamentable encrucijada, que podría culminar en un retroceso para los derechos civiles de sus ciudadanos.


Una parte del mundo entero ha quedado impactada en vista de los trágicos sucesos que ocurrieron este viernes 13 de Noviembre en París. El resto se ha mantenido ocupado con quehaceres muy diversos entre sí. Ya sea que se trate del clásico resentimiento nacionalista (en el que se cuestiona el porqué es que las personas están preocupadas por cierta nación y no por la propia), se esté haciendo burla del slacktivismo que inunda las redes sociales o se les vaya el día repitiendo truismos para referenciar que este acto no representa, de ninguna manera, el pensar de todos los suscritos a la fe que profesaban los terroristas. El caso es que las víctimas, cuyo número está en las centenas, pasan a segundo término para que se pueda empujar uno u otro punto político o ideológico, a veces con buenas intenciones, o, en otras ocasiones, simplemente para utilizar esta catástrofe como un escalera de cuerpos que permitirá alcanzar una nueva meta en una candidatura futura. Es una vista desagradable, pero así es la política y todo acto terrorista es, por naturaleza, político. Por eso es inescapable que de hablar de los hechos del evento se pase a politizarlo, pero es necesario reflexionar sobre lo que esta tragedia significa para el futuro de Europa y, principalmente, lo que puede ocurrir próximamente con relación a este acontecimiento.

“Primero como tragedia, después como farsa”, decía sabíamente Marx evocando a Hegel . Lo que ocurrirá con París (y Europa) luego de lo de esta semana es, aunque quizá no en proporción idéntica, un reflejo de lo que ocurrió luego del atentado del 11 de septiembre en Estados Unidos. Ya es posible, me temo, ver los primeros signos de que la historia se está repitiendo; sin embargo, es posible que Europa, con un poco de suerte, pueda salvarse de seguir los mismos pasos del país norteamericano. Un país que, lamentablemente, terminó atacando las libertades de sus ciudadanos bajo la justificación de garantizar su “seguridad”. Todos sabemos cómo terminó dicha historia para los estadounidenses: disminución del derecho a la privacidad, un aumento en la militarización policial, políticas de cero tolerancia en aeropuertos, etcétera. Siempre hay espacio para la tragedia dentro de la farsa, pero en esta ocasión no hubo tiempo para la sensibilidad y es claro que algunas facciones políticas tienen una hacha que amolar y que no han perdido tiempo en aprovechar esta desgracia para empujar una agenda política.

Por un lado, el Presidente de la República Francesa, François Hollande, ha mencionado ya que el país estará en “estado de emergencia” por los próximos tres meses y ha dicho, también, en su primer discurso político luego del evento, que “Francia está en guerra”, lo que sea que eso quiera decir. Por otro lado, tenemos que la crítica en contra de la política proinmigración de Angela Merkel, actual Canciller de Alemania, no se ha hecho esperar luego del ataque en suelo parisino. Europa está en una situación complicada llena de medias verdades y polarizada por las diferentes sectas políticas cuyo discurso circula alrededor del problema de inmigración.

Es difícil no sentir empatía con los ciudadanos europeos luego de esta desgracia, pero es casi un hecho predecible que este suceso será explotado con la misma vileza con la que ocurrió en los Estados Unidos, por lo que, utilizando demagogia pura, se empujarán políticas anti-inmigración, se considerará el desvanecimiento de los derechos de privacidad de los ciudadanos y, en general, habrá un aumento en el sentimiento de vulnerabilidad de las personas mediante las deliberadas campañas mediáticas para infundir temor en la población y fomentar que sean los mismos ciudadanos los que acepten, en medio de esta ola de pánico, el ser despojados de sus derechos civiles.

Un problema adicional a la desgracia de este ataque es que ocurrió en medio de la crisis migratoria del Mediterráneo, y esto sólo ayuda a complicar más las cosas. Sería contraintutivo pensar, por ejemplo, que después de lo del 13-N habría una mayor aceptación ciudadana para dar asilo al gran flujo de refugiados sirios que se agudizó este año, pues no hace falta ser un experto en el tema para saber que, para bien o para mal, este acto será utilizado como la excusa perfecta por quienes han estado en contra de los programas de inmigración desde siempre.

Por supuesto, no soy de esos liberales que creen que Europa debería aceptar a todos los refugiados así nada más, sin hacer pregunta alguna y especialmente después de lo que ocurrió en los días pasados; pero tampoco creo que se debería ceder ante la intolerancia y cerrar totalmente las puertas de una nación. Es posible imaginar, por ejemplo, un sistema riguroso in situ, que permita dar asilo a refugiados sin comprometer la seguridad del continente, pero también habría que aclarar que Europa se encuentra en una encrucijada política en la que no puede ganar a corto plazo. Por un lado, los líderes con una política pro-inmigración serán condenados, por no otros que los que están a la derecha política, de “poner en peligro” la seguridad del bloque. Por otro lado, los que estén a favor de implementar un plan anti-inmigración serán acusados por la izquierda de crueles e inhumanos. Este último punto es más complicado de lo que parece, porque no es solamente sobre dar asilo a refugiados, sino de la cantidad a aceptar, es decir, incluso con una política pro-inmigración, es posible que un país sea condenado por no aceptar a “suficientes” refugiados, lo cual nos llevaría a aguas todavía más turbias, especialmente con los ciudadanos de Francia, para quienes se debería tener, aunque sea por el momento, un poco más de paciencia y consideración debido al estado emocional que existe en el territorio francés en estos momentos. Después de todo, sería irónico que el bando liberal estadounidense, por ejemplo, tratara de aleccionar a Francia sobre la cantidad de refugiados que éste último debería aceptar cuando, como la historia lo sugiere, el intervencionismo del país norteamericano es uno de los principales factores que causó la desestabilización de medio oriente y que impulsó, si no es que creó, estos problemas.

Al final del día, son los ciudadanos de un país democrático los que deben decidir sobre su futuro y el resto del mundo sólo puede ser paciente, especular y esperar lo mejor de ellos. Francia —y Europa en general— debe hacer su mayor esfuerzo por ir en contra del instinto y no dejar que el gobierno, de forma reaccionaria, disminuya las libertades que son centrales a los que frecuentemente son llamados los “valores europeos”, pero, al mismo tiempo, no deben dejar de extender su mano a los refugiados que más los necesitan en estos momentos.

También es importante identificar al problema de radicalización como tal e informarse para no caer en el juego divisivo de ambos extremos políticos. No debemos actuar como la derecha ultraconservadora y generalizar a todos los miembros de una religión por las acciones de unos cuantos. Pero tampoco podemos caer en la trampa de lo que ahora se conoce como la “izquierda regresiva”, y decir que los actos terroristas no tuvieron nada que ver con la religión o que los perpetradores no son “verdaderos creyentes”. El primer caso se conforma de la más simple xenofobia e intolerancia, que trata de culpar por asociación; el segundo es una ejemplificación perfecta de una de las falacias lógicas más comunes y también una demostración de la falta de honestidad intelectual dentro de un grupo que se niega a confrontar el problema. Ciertamente, la religión no es el único factor en este état de choses y es posible ampliar la discusión para hablar de la situación histórica, geopolítica,  de intervencionismo, etcétera, que nos trajo a este dilema. Sin embargo, es absurdo ignorar voluntariamente uno de los factores más importantes de la ecuación y pensar que de esa manera se puede llegar a la solución apropiada de la misma.

No me queda duda de que el pueblo francés sanará en relación a esta monstruosidad, pero hay caminos muy diversos para cerrar esta herida. Uno de ellos es el de la venganza y el tribalismo. El otro es el de la civilización, que, aunque siempre inestable, tiene en su fundación una gran cantidad de ideas que les debemos a pensadores franceses y que sería una pena traicionar. Por supuesto, sería sencillo atacarme bajo la noción de que es muy fácil para mí, una persona cuya nación no fue agredida, establecer lo que Francia debería o no hacer al respecto, pero hay que recordar que no es a mí a quién este pueblo le debe tanto, si no a sus antepasados que generaron tanto progreso, y es por mi estudio de ellos que debo poner mi esperanza en esta sociedad para hacer lo correcto y que sirva de ejemplo a los demás. Actuar de manera virtuosa sólo puede ser digno de celebración cuando se hace durante la más difícil de las circunstancias y me es bastante claro que ésta es una de ellas.

Sobre la lucha contra el terrorismo ya mucho se ha dicho. Noam Chomsky es citado con frecuencia diciendo, palabras más o palabras menos, que la mejor manera de detener el terrorismo es dejar de participar en el mismo. Ciertamente, ese sería el mejor de los inicios y es uno que permitiría disminuir el número de incidencias, pero no las erradicaría, porque eso no puede ocurrir. Jürgen Habermas estaba equivocado al decir que el “terrorismo global lleva al extremo dos aspectos: la ausencia de objetivos realistas y la capacidad de aprovecharse de la vulnerabilidad de los sistemas complejos” porque: 1) El terrorismo se basa en la lucha contra el orden establecido y que mayor orden que el global, de ahí que el terrorismo a nivel global es el que tiene el objetivo más sencillo de identificar y que, en un mundo globalizado, seguirá operando incluso si se vence a los grupos radicales de mayor relevancia y 2) es precisamente por que estas vulnerabilidades, en dicho mundo, se encuentran en todas partes, como expresa Jean Baudrillard con excepcional lucidez en su ensayo “The Spirit of Terrorism”, que este tipo de terrorismo puede existir y seguirá existiendo. Incluso Christopher Hitchens, que terminó cometiendo el peor error de su vida al apoyar la guerra en Iraq,  tropezó con este principio al señalar la contradicción en el comentario de Bush sobre “pelear allá en lugar de aquí”, que el columnista aclara al decir que la lucha “o es global o no lo es, así que los estamos combatiendo en todas partes o en ninguna”.

Es así que el terrorismo, como idea, no se puede eliminar con violencia ni puede dejar de existir mientras haya un orden que derrumbar. Pero es posible, por supuesto, limitar, por irónico que parezca, el atractivo que este tipo de causas pueda tener para algunos —al resolver o disminuir los problemas sociales que agudizan el proceso de radicalización y mejorar las condiciones de vida de las personas para que no vean este camino como una “salida” válida.

Y, finalmente, qué más nos queda después de un hecho tan devastador que levantarnos con rapidez y seguir intentando y peleando por la civilización, pues no hay causa más noble. Francia ha sabido ser, por momentos, uno de los faros más elevados e iluminadores en este aspecto y eso no se olvida. Ciertamente, este tipo de sucesos seguirá ocurriendo alrededor del mundo, pero no es una situación en la que exista la posibilidad de rendirse. Quizá algún día, aunque muy lejano, podamos dejar la “infancia de nuestra especie” y recordar estos eventos como algo inimaginable, pero mientras se llega eso hay que concentrarnos en los problemas del aquí y del ahora.

Solidarité

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