El extranjero

Una singular línea de discurso posiciona, erróneamente, al fundador de Apple en el centro de un nuevo argumento proinmigración.


Era en 1955 cuando, inter alia, se llegó el nacimiento de un personaje que es en ocasiones recordado, por algunos más que otros, con el mismo tipo de melancolía que las figuras religiosas frecuentemente invocan. Un gran salto al futuro y la imagen de Steve Jobs, cofundador de la compañía con mayor valor actual de mercado, está siendo utilizada para representar una causa más noble que la proliferación de computadoras personales y reproductores MP3. De esto último, había escuchado ya una retórica semejante empleada por la izquierda, pero es hasta estos momentos que la memética está haciendo lo suyo y que el razonamiento se ha convertido en un nuevo fruto de la “viralización” web. Lamentablemente, el empleo de la imagen es un clásico error del bando liberal.

A primera hora de la mañana, apareció una inédita obra de Banksy, el artista internacionalmente reconocido por su grafiti activista, en las proximidades de un campo de refugiados sirios en Francia. La imagen en cuestión nos presenta a Steve Jobs, hijo de un inmigrante sirio, con una computadora personal —que representa culturalmente a la compañía de la manzana— en una mano y un saco reposando al hombro, simbólico del tradicional estereotipo de la persona que abandona su hogar. El mensaje es claro: si Europa cierra sus puertas a los inmigrantes sirios durante esta crisis, podría perder la oportunidad de alojar al futuro emprendedor ambicioso y altamente motivado que, eventualmente, construirá la siguiente gran compañía multimillonaria. ¿Es este tipo de argumento el que deberíamos fomentar para aumentar la solidaridad hacia nuestros compañeros sirios? Yo sugiero que no. Entiendo que la premisa proviene de un buen lugar, de un sentimiento de elevada moral, pero también es cierto que dicho argumento no es muy convincente y podría ser revertido con facilidad por los grupos de extrema derecha. Albert Camus, a quién le debo el título de esta pieza, escribió que “El mal que hay en el mundo casi siempre viene de la ignorancia, y las buenas intenciones pueden hacer tanto daño como la malicia si carecen de entendimiento”. Si bien el argumento que utiliza a Steve Jobs no empeora el problema de forma directa, sí evita que se tenga la verdadera y necesaria discusión sobre el mismo.

Obviamente, no podría culpar a Banksy por utilizar esta narrativa, pues a menudo se utiliza un ángulo financiero, por parte de la derecha política europea, para argumentar en contra de la inmigración, por lo que tiene sentido que quiera responder a estas declaraciones utilizando el mismo marco de referencia. Es claro que el artista tiene el corazón en el lugar correcto y está reaccionando a las recientes justificaciones para cerrar las fronteras de los distintos países de la zona, pero creo honestamente que, en algún momento, la oposición debe dejar de funcionar bajo los términos conservadores y simplemente introducir la noción de que debemos realizar ciertas acciones simplemente porque es lo correcto, indiferentemente de que exista un incentivo económico alrededor de ello. ¿Acaso podría existir una idea más radical?

Esta discusión es análoga a lo que mencioné en mi artículo à propos el debate sobre la tortura en Estados Unidos, en el que señalo que, por un lado, la derecha estadounidense habla sobre la tortura como un instrumento fundamental para pelear contra el terrorismo, mientras que, por otro lado, la izquierda se limita a apuntar a la evidencia de que esta práctica es poco eficaz para obtener información útil. Es entendible que exista dicho diálogo, pero es indispensable declarar que estamos en contra de la tortura por ser un acto inmoral, independientemente de que pueda tener un uso pragmático en algún caso hipotético. En otras palabras, no es suficiente señalar que la derecha estadounidense está equivocada, sino elucidar que, incluso en el caso de que no fuese así (y que la tortura fuese un método efectivo para obtener datos), deberíamos oponernos a su utilización en favor de respetar los derechos humanos básicos, incluso cuando estuviéramos hablando de los peores humanos en existencia.

Regresando a la crisis de refugiados sirios, siento que es mi deber señalar que, sea bajo la motivación correcta o no, lo mismo ocurre con la persuasión planteada por la izquierda, que es, por citar al grande Dostoyevski, “de una fealdad superior a toda hipérbole”.  Nos dice que, para abogar por hacer lo correcto, debemos primero envolverlo en una retórica que esté centrada en las ganancias a obtenerse por el acto, en lugar de reconocer que no deberíamos darle la espalda a los refugiados sirios, incluso si tuviéramos la certeza de que ninguno de ellos se convertirá en el siguiente Steve Jobs, y que su inmigración a territorio europeo pueda manifestarse en un impacto económico negativo para los ciudadanos del bloque. Debemos ayudarles simplemente porque son nuestros hermanos de la especie, y ahí debería empezar y terminar el análisis moral de la realidad en la que nos encontramos.

Por supuesto, como ya he mencionado anteriormente, cuando escribí sobre el suceso del 13-N en París, no soy de aquellos que piensa en términos extremos y que cree que las únicas dos opciones, para Francia y demás países de la UE, comprenden aceptar a TODOS los refugiados sirios posibles sin hacer pregunta alguna o no aceptar a NINGUNO. Cada país debe decidir, en la medida de sus posibilidades, la manera en que puede ayudar a estas personas, la cantidad de personas a aceptar y los protocolos de seguridad a implementar. Protocolos que les serán necesarios para garantizar el proceso de inmigración e integración. Pero no debería haber excusa para hacer una declaración en blanco sobre la imposibilidad de ayudar. También es necesaria una conversación sobre el tema de la responsabilidad, ya que hay naciones que tuvieron un mayor rol en exacerbar esta crisis y que son los que deberían estar en primera fila para asistir en su solución.  Pero lo que sí es claro es que las insinuaciones de beneficio económico no deberían pertenecer a esta conversación o a ninguna otra que ponga vidas humanas en juego.

Rabindranath Tagore dijo, en sus populares y celebradas notas sobre nacionalismo, que “la historia de la humanidad va tomando forma según las dificultades con las que se topa”. Ciertamente, rara vez estoy completamente en acuerdo con el impetuoso idealismo del ganador del Premio Nobel de Literatura, pero este problema es una de esas “dificultades” que, como miembros de la sociedad global, podemos, y debemos, resolver.

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