De Este a Oeste

Tres ensayos sobre nacionalismo elaboran argumentos que van de lo noble a lo peculiar.


Reseñando:nacionalismo-tagore-portada
Nacionalismo
Rabindranath Tagore
112pp.
Taurus
1917


El 15 de agosto de 1947 fue el memorable día en que la India, luego de una larga lucha, finalmente proclamaba su independencia de la Gran Bretaña. Más tarde, el 26 de enero de 1950, ese trozo de tierra, bendecida por su posición geográfica pero maldecida con la avaricia de intereses extranjeros, se convertiría en una república. Esta pareja de eventos  significaría, entre otras cosas, que los ciudadanos de la ahora República de la India por fin tendrían la oportunidad de velar por el interés propio, pero también les ataría la completa responsabilidad sobre su merecido y nuevo porvenir. Un futuro que incluiría el surgimiento de ciertas dificultades con las que, tarde o temprano, muchas naciones tienen que lidiar.

Rabindranath Tagore, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1913, quizá nunca logró ver a su pueblo como un país independiente; sin embargo, tomando inspiración de las atrocidades del Imperio británico, nos heredó una advertencia que, apoyándose de su aclamado y conocido lenguaje poético, nos habla de los males que trae consigo lo que hoy conocemos como la Nación-Estado. Dividido en tres ensayos, este libro argumenta contra lo que Albert Einstein llamaba “una enfermedad infantil” o  “el sarampión de la humanidad”. Para dicha tarea, el autor define a la nación como la que:

“surge de la unión política y económica de un pueblo, y es el resultado de convertir a toda la población en una máquina capaz de cumplir ciertas metas”

o también como:

“un pueblo entero como poder organizado que alimenta sin cesar la insistencia de la población en hacerse fuerte y eficiente”

Con estas definiciones en mente, es posible ver que este libro no comienza con lo que llamaríamos una tabula rasa, y esto se hace notar en el sentimiento expresado a lo largo del libro. Pero este hecho no evita que las palabras de Tagore tengan un elemento de verdad en su núcleo, mismas que mantienen a esta obra relevante y que la hacen resurgir paralelamente con cada nueva reiteración o manifestación del discurso nacionalista.

Tagore ve lo que la nación significa en términos prácticos y predice con certeza que las naciones como “pueblo entero” podrían hacer un mayor mal que el de cualquier individuo:

“Un individuo nunca puede cometer actos tan temibles y universales con semejante grado de inconsciencia sistemática”

Luego, partiendo de una dicotomía entre el mundo oriental y el occidental para establecer el marco de referencia de sus argumentos, el autor asume un rol ofensivo contra esta institución ficticia que, además de causarle males al mundo, sería percibida de manera distinta después de las barbaridades realizadas durante la Segunda Guerra Mundial. Lamentablemente, esta perspectiva, que erróneamente trata de dividir ideológicamente al globo en dos partes, también significa que algunos de los argumentos de Tagore, aunque bien intencionados y bellamente escritos, terminan siendo solamente un espectáculo de sentimentalismo que no trasciende la dimensión emocional. Es esta visión la que le permite tomar posturas poco convencionales y directamente equivocadas, y es la misma que le lleva a decir, disparatadamente, que “La India asumió el sistema de castas con toda seriedad y responsabilidad para resolver el problema racial”.

Esta diferenciación tan singular posiciona al ganador del Nobel en una trampa innecesaria, pues con ella se ve obligado a atacar, por ejemplo, a la ciencia y la tecnología, que ve como una parte intrínseca de la modernidad occidental. También hace un esfuerzo por justificar a la espiritualidad que, alega, esta parte del globo ha carecido y el Este ha gozado en abundancia. Esto es un problema para sus predicciones si consideramos que, por un lado, la ciencia y la tecnología son artefactos neutrales que, históricamente, han sido utilizados para bien o para mal, y que la espiritualidad, bajo la forma de organizaciones religiosas, sería utilizada, durante las décadas siguientes, como el combustible de múltiples aparatos nacionalistas en Occidente.

Sin embargo, esta interesante obra también contiene fragmentos llenos de un “sentido común” que no era tan común para la época de su concepción y que, seguramente, será descubierto por las generaciones futuras que se encuentren en busca de inspiración para su lucha.

Es fascinante ver como el autor de este libro comparte un idealismo que quizá nunca entenderé en su totalidad. Postula, en unas cuantas líneas, un resumen de lo que él ve como lo mejor que tiene la humanidad para ofrecer. Y esto tiene, a su vez, una característica dosis de irrefutabilidad:

Todo individuo tiene amor propio; de ahí que sus instintos primitivos le lleven a luchar con los demás para satisfacer sus intereses. Ahora bien, el ser humano también posee instintos más elevados, como la empatía o la solidaridad. Quienes carecen de esta moral superior, y por tanto son incapaces de asociarse entre sí, están condenados a perecer o vivir en la degradación. Solo han sobrevivido y se han civilizado aquellos pueblos que poseen un fuerte espiritú de cooperación. De ahí que, desde el principio de la historia, los hombres tuvieran que elegir entre hacerse la guerra o asociarse, entre perseguir sus propios intereses o fomentar el interés común.

Una afirmación medianamente similar a lo que alguna vez le escuché decir a Christopher Hitchens, en uno de sus famosos debates contra teístas, al ser confrontado con la idea de que nuestra moral sólo existe gracias a la religión:

La solidaridad humana es la base de la moralidad. No habríamos llegado tan lejos, no podríamos haber vivido todo este tiempo, no habríamos evolucionado tanto, si no velaramos por el bien de los demás.

Difícil oponerse a dicha declaración. Ya sea que se trate de un efecto a nivel evolutivo o un valor connatural, es claro que, aunque imperfecto, cierto nivel de cooperación ha sido necesario para que lleguemos hasta esta época.

Regresando al libro, mientras que es considerado un clásico y una lectura recomendada para quienes están interesados en el tema, no es uno que sugeriría para quienes desean sumergirse a profundidad en el mismo. Es más como un poema que nos motiva a luchar por una causa, pero que no se molesta en lidiar con los detalles.

Esta obra en cuestión se enfoca más en el rol de la nación como una entidad problemática, reflejada en el historial del Imperio británico. No obstante, considero una buena idea señalar, para dar por terminado este texto, que el mejor argumento contra el nacionalismo sigue siendo lo que Schopenhauer escribió sobre el tema, refiriéndose a que el lugar de nacimiento no es una elección propia y, por lo tanto, no debería ser motivo de orgullo:

“Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad.”

o también:

“Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación.”

Indeed. Enorgullecerse del lugar en el que uno nace por un mero accidente geográfico es, dicho de otro modo, análogo a sentirse honrado por haber nacido en un hemisferio y no el otro, o sentirse más digno por haber nacido durante la noche en lugar del día. Es un sinsentido vestigial y tribalístico que debería quedar en el pasado.

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