La escritora francesa

Una excursión al proceso de escritura de Marguerite Duras descubre nuevos límites para el hastío.


Reseñando:marguerite-duras-escribir
Escribir
Marguerite Duras
150pp.
Tusquets
1993


En esta antología de textos se nos ofrece una inspección peculiar, novedosa y sin adulterar sobre ese famoso acto indecente en el que, por situaciones del destino, varios de nosotros solemos incidir con más frecuencia a ciertas horas del alba. Se podría decir de este suceso, también, que algunos hasta se ganan la vida haciéndolo, mientras que otros participan en dicho evento sólo por la diversión que éste conlleva. Es una actividad por la que, en algunas ocasiones, nos sentimos altamente avergonzados si llegamos a tener un episodio en el que entregamos un mal desempeño. Y también es uno de esos ámbitos en el que las autoridades eclesiásticas se creen con suficiente autoridad como para señalarnos hasta las posturas apropiadas para su realización.  Me refiero, por supuesto, al acto de escribir.

En el ensayo “Why I Write”, de George Orwell, nos fascinábamos con las motivaciones personales que llevaron al autor de “1984″ a convertirse en escritor. Por otro lado, Albert Camus escribió, siendo más apocalíptico, que “el propósito del escritor es cuidar que la civilización no se autodestruya”. Luego, en su cuento “El Inmortal”, Borges también sugería una motivación detrás de toda empresa humana (que incluye, por supuesto, la de escribir), encontrada en el reconocimiento de nuestra propia mortalidad. Marguerite Duras, en cambio, con un objetivo menos portentonso, nos habla sobre el hecho de escribir desde diferentes ángulos y como reacción a diferentes eventos.

Ser los primeros en escribir en una casa abandonada, por ejemplo, puede ser el combustible necesario para que empecemos a escribir sobre el hecho mismo. Acompañar a una mosca en sus últimos instantes de vida también podría ser el motivo de un texto medianamente detallado y singular que enlaza el tema de la mortalidad con el de lo efímero. Encontrar la trágica inevitabilidad de la vida en la muerte de una persona cercana es, aunque evidentemente reaccionario, otro pretexto para hacer uso de la labor literaria. Son estos y otros eventos los que dan forma a este libro y que Marguerite Duras, con quien su humilde servidor comparte la fecha de cumpleaños (4 de abril), utiliza para hablar sobre su tarea artística.

Esta exposición al tren de pensamiento de la autora nos muestra fragmentos en los que ideas opuestas —o hasta contradictorias— parecen estar peleando todavía en las puertas de su mente. Esta característica posibilita una danza literaria en la que Duras parece, en ocasiones, incluir un  comentario sobre lo que está escribiendo o lo que acaba de escribir en la línea anterior, que puede resultar interesante para algunos lectores, pero no lo fue para mí. Este estilo permite un resultado llamativo, pero que también se muestra a menudo como una serie de afirmaciones seguidas de un riposte, que parece dicho para sí misma, en la forma de un corolario, refutación o comentario pasivo. Por ejemplo (negritas mías, claro está):

Nunca he mentido en un libro. Ni tampoco en mi vida. Excepto a los hombres. Nunca.

o también:

Escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación. Qué desesperación, no sé su nombre.

Esta especie de péndulo, entre lo que se afirma y lo que se dice inmediatamente después, crea una experiencia semihipnótica, pero sólo en el sentido somnífero del trance. En otras palabras, leer este libro fue una experiencia tediosa con el muy ocasional estallido retórico cautivador que me permitía seguir leyendo.

Era el escritor y columnista norteamericano, William Safire, quien recomendaba que los clichés deberían ser evitados como la peste. Este consejo comparte espacio con otros similares dentro de una lista que, aunque conscientemente irónica, guardaba una “dosis de verdad”. De manera que, para continuar con dicho sentir, evitaré decir que este libro “me aburrió hasta las lágrimas”. Tampoco les diré que, de ser retado a releerlo, preferiría “ver como se seca la pintura”. Sin embargo, he de admitir que hubo algunas líneas que me ayudaron a hacer más llevadero el viaje, por ejemplo:

“El insulto, el insulto es tan fuerte como la escritura. Es una escritura, pero dirigida. He insultado a gente en mis artículos y produce tanta satisfacción como escribir un buen poema.”

He ahí un sentimiento con el que puedo coincidir plenamente con la autora y, aunque he quedado un tanto insatisfecho con esta obra, la cita anterior me ha sembrado un cierto interés por leer algunos de sus mejores insultos, especialmente cuando los todavía misteriosos circuitos neuronales, localizados detrás de mis ojos, han recordado una de las famosas frases de Josephine Baker, que termina diciendo que los franceses “incluso cuando te insultan, lo hacen muy amablemente”. La amabilidad, por supuesto, está sobrevalorada, pero eso es tema de otra discusión.

Estoy en desacuerdo con aquellos que argumentan que la Marguerite Duras que escribió “El amante” y la que escribió esta obra sean personas distintas, aunque es obvio que un trabajo es superior al otro. Es decir, es cierto en el sentido filosófico que “ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río, pero esto no se mantiene para la afirmación de algunos críticos que rechazan parentesco alguno entre estas obras, pues “Escribir” es solamente el razgo más elogiado de Duras —de tomar su escritura a un terreno extremadamente personal— llevado hasta su última conclusión. El texto de este libro es tan personal que básicamente refleja al autor por lo que parece ser su estado de ánimo al momento. Heredándonos algunos anacronismos que van de la reflexión sobre la muerte, con la ligera pincelada existencialista,  al murmullo casi romántico sobre la escritura.

Este libro es, considerándolo todo, un ejercicio intelectual y, de regreso a Borges, hay que recordar que dentro de dichos ejercicios no hay uno “que no sea finalmente inútil”, pero también se admite que no todos los intentos son iguales y que el de este libro se quedo un poco corto para mi gusto. Sin embargo, estoy casi seguro que las palabras de la autora significaban mucho para ella y que, incluso de no ser así, son válidas por, y especialmente, su función estética:

Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro, como el último hijo, siempre al más amado. Un libro abierto también es la noche.

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