Rebelde con causa

La fascinante y enrevesada vida de Christopher Hitchens es revelada al detalle en sus memorias.


Reseñando:hitch-22-portada
Hitch-22
Christopher Hitchens
448pp.
Twelve Books
2010


El profesor Alan Lightman del MIT señalaba, en el ensayo “The Role of the Public Intellectual, un contraste entre las ideas de Ralph Waldo Emerson y Edward Said sobre lo que significa ser un intelectual público y las responsabilidades de esta ocupación. De ahí, Lightman se dedicó a distinguir el rol del intelectual en tres niveles. En el primer nivel, encontramos a la persona que se dedica específicamente a su área y que publica los hallazgos de sus investigaciones para así contribuir a la humanidad. En el segundo nivel tenemos a los que, además de publicar y escribir sobre las averiguaciones de su trabajo, las relacionan con alguna causa política, social, cultural, etcétera. Finalmente tenemos el tercer nivel, en el que nos encontramos a una persona que se convierte en un símbolo del intelectualismo y que, como resultado de su reputación , frecuentemente se le pide su opinión y consejo para temas que van más allá de su área original de estudio. En este tercer nivel, Lightman reconoce, por ejemplo, a Albert Einstein como el símbolo de la racionalidad o a Gloria Steinheim como el del pensamiento feminista moderno.

Teniendo la jerarquía del intelectual público de Lightman en mente, no tengo duda de que el columnista y crítico literario que se convirtió en la figura más popular del movimiento ateo, Christopher Hitchens, ocupa un lugar en el tercer nivel anteriormente señalado, a la razón de ser un estandarte para la oratoria y la argumentación. Y es un privilegio tener acceso a la nueva edición de sus memorias.

Esta nueva edición del libro comienza con una introducción que el autor añadió a posteriori de la primera edición y en la que reconoce el hecho de padecer cáncer de esófago en etapa 4, para lo que concluye lacónicamente que “no existe etapa 5”. Ser informado de esta brutal noticia posiciona al autor en una incómoda postura, al tener que tener que llevar siempre dos juegos de libros que, usando la analogía a veces empleada por él mismo, significan: 1) hacer los arreglos necesarios en caso de que su participación en la fiesta termine y 2) seguir trabajando en sus escritos y activismo, en caso de que se le permita seguir festejando por más tiempo. Esta perspectiva —de tener que mantener dos vidas paralelas— colorea partes diversas de lo que este hombre vivió y es mediante este libro que podemos conocer dichas encrucijadas.

La obra en cuestión toca diversos aspectos conocidos del autor. Uno de ellos, por ejemplo, es sobre su legendaria ingesta de alcohol. Hitchens habla brevemente sobre este asunto al apuntar que esta habilidad, de ingerir copiosas cantidades de bebida, probablemente la adquirió de su padre:

“Pero su hígado —por tomar prestada una frase de Gore Vidal— era ‘el de un héroe’, y he debido heredar de él mi afición, si no mi tolerancia, por las aguas poderosas”

Hitchens dedica un espacio particular de su libro para hablar de algunos de los aspectos más personales de su vida, como es el caso de su padre —The Commander—, que dedicó gran parte de su vida a servir a la British Royal Navy y de su madre —Yvonne—, que tuvo un final trágico, así como del hallazgo tardío de ser de ascendencia judía y de su experiencia al ser mandado a un internado a muy temprana edad. También nos narra algunos detalles sobre el hecho de pertenecer a la juventud socialista, de sus razones para iniciarse como activista y de sus primeros pasos como periodista.

Una de las características más reconocidas del escritor es que no temía levantar criticismos contra los individuos con alguna clase de poder, ya sea político, religioso o de otra índole. Del fariseísmo de las figuras públicas moralizadoras, que pretenden ser los estandartes a seguir cuando, en realidad, son frecuentemente los que tienen más secretos que esconder, Christopher dejó un comentario que hasta el día de hoy se mantiene irrefutable:

“Siempre doy por hecho que la moralización sexual por figuras públicas es un signo de hipocresía o peor, y más que usualmente un deseo por realizar el acto mismo que está siendo condenado”

En general, este libro sirve como un breve vistazo a la increíble vida del polemista que, entre otras muchas cosas, es de los pocos escritores que visitaron las tres naciones que, comúnmente, se conocen y fueron descritas por George W. Bush como “el eje del mal”: Iran, Iraq y Corea del Norte. Es la persona que, siendo un conocido amante de la literatura, logró entrevistarse con Jorge Luis Borges en el hogar del escritor argentino y practicaba juegos literarios con escritores contemporáneos de la talla de Kingsley Amis, Martin Amis, Ian McEwan, Salman Rushdie, etcétera. Es, también, quién viniendo de una cuna medianamente privilegiada, pasó por los terribles escenarios de tener a un padre aburrido, a una madre que cometió suicidio y a un presuntuoso idiota conservador por hermano. No que esos tres eventos sean de igual magnitud o desgracia (pregúntenle a los que conocen a Peter Hitchens). También fungió como “el abogado del diablo” en el ámbito de la canonización de la Madre Teresa en el Vaticano y lideró una lucha contra el fascismo teocrático al pelear contra la superstición y el misticismo en la palabra impresa y en debates, dándole a la minoría atea global una voz que no pudiera ser silenciada y una esperanza de un futuro secular predicado en la razón. Escribió, también, en defensa de Palestina, sobre las injusticias en Chipre y los derechos del pueblo kurdo. Contaba entre sus amistades a Susan Sontag, Richard Dawkins, Lawrence Krauss, James Fenton, Julian Barnes y Edward Said, entre muchos otros. Y escribió ferozmente sobre los desagradables crímenes perpetrados por Henry Kissinger. Y todo esto lo realizó, como el cliché lo sugiere, “en una sola vida”.

Con lo que menciono anteriormente, es posible ver que, salvo una excepción, no había mucha razón para lamentarse. Christopher vivió una gran vida. Lo que sí es lamentable, me parece, es que se podrían utilizar las mismas palabras que Hitchens invoca en este libro para tratar de persuadirlo sobre su postura más controversial y equivocada. Me refiero, por supuesto, a su perspectiva en lo que se refiere a la intervención estadounidense en Iraq. Primeramente, cuando reconoce en Philip Larkin, por sus peculiares actitudes, que nadie está libre de errar o, dicho de otra forma, que “nadie puede tenerlo todo”, debió inspeccionar sus propias convicciones. La cuestión se repite cuando reconoce, en su padre y en sí mismo, una tendencia en la que, de ser retado, él “reformularía las cosas aún más decididamente”. O la ironía de que el libro esté lleno de frases que, para bien o para mal, podrían haberse utilizado en su contra para señalar que el nivel de confianza en sus argumentos no dice nada sobre su solidez. O el hecho de que, confrontado con el escenario en el que cada vez tenía más diferencias con los miembros de la izquierda internacional o estadounidense, en vez de retroceder un paso y preguntarse si era él el que podría estar equivocado, decidió simplemente abandonar el barco y adoptar la etiqueta neoconservativa que portaban orgullosamente los que se encontraban ansiosos, se suponía, por “llevar democracia a Iraq”.

Hay una frase que aparece dos veces en el libro, primero citada y después referenciada, y es aquella de Horace Mann en la que dice que “mientras no hayas hecho algo por la humanidad,  debería darte vergüenza morir”. Se podría decir de “Hitch”, como le llamaban sus amigos, que su fantástico legado literario, dentro del cual yacen sus biografías y comentario sobre George Orwell, Thomas Jefferson y Thomas Paine, sobrevivirá el paso del tiempo. Pero también es cierto que algunos de sus argumentos sirvieron para justificar a los que deseaban una guerra con el Asia Occidental a toda costa, y negar este hecho sería un deservicio a la causa del escepticismo que tanto pregonaba el autor. Sin embargo, creo que es posible mantener una admiración por el hombre y su prosa y su elocuencia mientras que, al mismo tiempo, se difiere con él en suponer que la guerra en Iraq estaba basada en razones nobles o justas. Pero como bien comenta Hitchens, refiriéndose a un soldado que llevaba el libro de Ayn Rand, “Atlas Shrugged”, entre los que llevó a su despliegue militar: “nadie es perfecto”. Es así que, considerándolo todo, creo que, en vista de que las acciones en la vida no se prestan con sencillez a un cálculo de suma zero, Hitchens se ganó, he de admitir, el derecho a la siesta eterno.

Éste es un libro que no podría dejar de recomendar e inmediatamente ha pasado a mi lista de favoritos. Además de estar muy bien escrito, está lleno de humor e ingenio, y prácticamente cada fragmento es digno de ser marcado. Pero para terminar este escrito y considerando el hecho de que Christopher podía recitar a capricho los poemas de Robert Conquest, James Fenton y W. H. Auden, creo que es apto que termine este escrito con un poema también o, más específicamente, un fragmento de “In Memory of Y. B. Yeats” que, además de ser del mismísimo y grandioso Auden, me recuerda directamente a Hitchens y a lo que muchos escritores, incluyéndome, aspiran. También es apropiado porque probablemente lo encontré fascinante gracias a su utilización en uno de los criticismos literarios de este autor:

Time that is intolerant
Of the brave and the innocent,

[…]

Worships language and forgives
Everyone by whom it lives;

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