La raíz del miedo

El clásico de Washington Irving nos lleva al corazón de la superstición.


Reseñando:the-legend-of-sleepy-hollow
The Legend of Sleepy Hollow
Washington Irving
96pp.
Tor Books
1820


En 1776, los Estados Unidos por fin proclamaban su independencia para pasar a ser identificados como un nuevo país soberano. Esto significaría, entre otras cosas, que la nación dejaría de estar en las manos de las fuerzas británicas, pero también abriría paso a la formación de una cultura que por primera ocasión podría llamarse propiamente estadounidense. “The Legend of Sleepy Hollow“, obra que nos interesa el día de hoy, es reconocida como uno de los primeros ejemplos de literatura “norteamericana” que sigue siendo popular y admirada hasta la fecha.

Los que conocen sobre este relato por otras fuentes lejanas a la original—como podría ser el caso de los filmes o dibujos animados inspirados en la misma— notarán que el texto realmente está enfocado en Ichabod Crane y en el rol de la superstición, y que el misterioso jinete, que da cuerpo a la “leyenda” y que ayudó a popularizarla, apenas y obtiene algo de relevancia por algunas páginas hacia el final de la narración.

El centro del relato observa como Ichabod Crane, un profesor de campo bastante supersticioso, se enamora de la joven y adinerada Katrina Van Tassel, pero también señala que no es el único que compite por su atención y su amor. Luego, durante una fiesta en la que Crane planeaba declarársele, las cosas no salen como él esperaba y, quizás afligido por la insatisfactoria proposición o perturbado por las tétricas historias que escucha durante la celebración, se encuentra con una figura maldita mientras cabalgaba por el espeso bosque que conecta el lugar del festejo con el de los asentamientos de Sleepy Hollow.

Irving realiza un excelente trabajo al establecer que el lugar en el que ocurre la acción, aunque no lleno de pequeñas peculiaridades como en otros relatos, tiene algo que definitivamente no está bien o que se siente fuera de lugar. No es solamente que se dibuje una silueta maligna entre sus límites, sino que el lugar mismo está cargado de una pesadez que lo diferencia del resto. El que haya jugado alguno de los primeros videojuegos de la saga de “Silent Hill” o visto el show televisivo “Twin Peaks” es testigo de la importancia que puede tener el escenario en que ocurre una obra, ya sea para añadirle verosimilitud o incluso para convertirse en protagonista de la misma, como suele argumentar Slavoj Žižek sobre la ciudad en la que ocurre el filme “Children of Men“, del director mexicano Alfonso Cuarón.

Eso sí, la prosa de Irving puede parecer o hasta llegar a sentirse un poco cargada en cuanto a las descripciones se refiere. En ocasiones, estas descripciones son espléndidas y me recordaron ligeramente a las de Edith Wharton cuando se refiere a la naturaleza o, si se desea un ejemplo más reciente, a George R. R. Martin cuando se refiere a los banquetes festivos. Otras veces, lamentablemente, pueden tomar la forma de un  largo listado que parece interminable, que ciertamente tiene un propósito que cumplir al mostrar las motivaciones de un personaje en particular, pero que no deja de disminuir, aunque sea un poco, el placer de la lectura.

Por otro lado, hay segmentos en los que queda evidenciado que este libro, como ocurre con la mayoría, es el resultado de su tiempo, y que, aunque puede contener sus tintes de verdad, también es cierto que está estructurado con una perspectiva que sonará algo limitada o hasta torpe para nuestros tiempos, especialmente cuando se trata de la mujer y el “acto de conquista”, que antes era considerada una proeza, pero que se ha demistificado con el tiempo, por ejemplo:

“No puedo presumir acerca de cómo se conquista el corazón de la mujer. Para mí, eso siempre ha sido un asunto tanto de admiración como de enigma. Algunos parecen tener un único punto vulnerable, o puerta de acceso, mientras que otros tienen miles de entradas y pueden ser capturados de mil maneras distintas. Es un gran triunfo de habilidad la de ganarse el primero, pero una prueba mayor de estrategia la de mantener la posesión del segundo, pues el hombre debe pelear por su fortaleza en cada puerta y ventana. Aquél que se gana el favor de mil corazones comunes es, por lo tanto, merecedor de renombre; pero el que mantiene dominio indisputado sobre el corazón de una coqueta es, en efecto, un héroe.”

Pero lo que sí hace magistralmente esta obra es dar cuenta de lo que significa el miedo a nivel funcional. Si uno tiene algo de conocimiento sobre la forma en que opera la sensación de miedo, sabe que, fruto de la evolución, es una reacción natural del cuerpo bajo la necesidad imperativa de sobrevivir y hacer preguntas luego. Sin embargo, de la misma manera en que sentir miedo no garantiza que exista peligro alguno en la cercanía, como muchos de nosotros habremos de haber confirmado al despertar y asustarnos al ver una extraña sombra que resultó ser una camisa colgada o algo similarmente trivial, la falta de miedo no garantiza, tampoco, que saldremos ilesos de alguna situación en particular. Análogamente, este relato trata de señalar que el simple hecho de creer en algo no hace de esto algo real, pero también advierte contra descreer en algo y pensarse inmune a las consecuencias de que ese algo exista.

Fue Edgar Allan Poe, uno de los primeros nombres que recurren a mi mente cuando busco una relación entre lo estadounidense y lo macabro (el otro siendo Henry Kissinger), quien observó con absoluta precisión que “las palabras no tienen el poder para impresionar la mente sin el exquisito horror de su realidad”. La Leyenda del Jinete sin Cabeza, como se le conoce en Latinoamérica, revela que, exista una aparición o no, la tragedia puede llegar de todas maneras. ¿En verdad Ichabod Crane se encontró con la siniestra figura que narra este libro? ¿Acaso importa realmente para este relato? Es cierto que no hay un intruso escondido detrás de la cortina de baño de tu vivienda, pero eso no importa mucho cuando acabas de ver un filme sobre un asesino serial y el poder de la sugestión está en su punto más alto. Al final del día, esto es lo que se esconde detrás de una creencia funcional: la ironía de alguien que no cree en los vampiros, por ejemplo, pero que lleva un collar de ajos al cuello, por sí acaso. El acto de creer es más complicado y difícil de diseccionar de lo a menudo se discute. La ciencia y la tecnología nos ha ayudado a calmar algunos de los miedos infundados que llevamos cargando por generaciones, pero, imperfectos como somos, siempre nos encontramos en los márgenes de una recaída.

Es así que este libro se mantiene relevante más allá de su contexto histórico. Quizá no sea la obra ideal para los que buscan un susto rápido, pero es un texto interesante a su propia manera, y algunos pasajes, además de empujarnos a reflexionar sobre lo que nos causa terror, se encuentran bellamente escritos.

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