Canasta de contradicciones

Los partidarios más leales a Trump, además de peculiares, parecen estar viviendo en una realidad alternativa.


Las elecciones estadounidenses están por llegar a su momento cumbre este próximo 8 de noviembre de 2016 y, después del desfile de una cantidad absurda de participantes por parte del bando republicano y una esquina democrática que traicionó a su contendiente más popular, sólo quedan dos candidatos que, para bien o para mal, cuentan con posibilidades reales de ganar la contienda y reemplazar a Obama en el puesto presidencial: Hillary Clinton y Donald Trump.

Dentro del segmento que está considerando votar por Clinton, existe toda una serie de argumentos que señalan que, aunque finalmente terminarán votando por ella, no lo hacen realmente porque sea el candidato ideal —que, por supuesto, es una postura común dentro del marco político de casi cualquier elección. Ciertamente, podemos encontrar un porcentaje considerable de personas que realmente han estado a favor de Hillary desde los inicios de la candidatura por la presidencia, pero es frecuente, también, encontrarse con la persona que votará por ella, no por su historial, sino a pesar del mismo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Porque, algunos argumentan, en contraste con sus múltiples fallos y deficiencias, ven en ella una continuación de lo que inició el presidente Barack Obama y están de acuerdo con un mandato similar, o porque obtuvo la recomendación directa de liberales cuya carrera política se puede resumir en la lucha por el ciudadano promedio, como es el caso de Bernie Sanders o Elizabeth Warren. También están quienes ven en su victoria una meta obtenida para el género femenino o los que creen que, aunque a través un lento gradualismo, ella moverá las cosas hacia el lado correcto de la historia. Otros, por ejemplo, llegan incluso a decir que votarán por ella porque esta elección es un asunto de “aguantar la respiración y votar por el menor de dos males”. Cada uno de los argumentos anteriores puede ser retado —y no falta quién lo haga o ya lo haya hecho para estos momentos—, pero al menos podemos ver que estamos lidiando con posturas que, aunque bien podrían considerarse por algunos como malos argumentos, se encuentran todavía dentro de la dimensión de lo racional. Con los partidarios más devotos a Trump las dinámicas son muy distintas.

Es fácil apuntar las instancias en las que Hillary ha cambiado política e ideológicamente de parecer y es una apuesta segura decir que, de alcanzar la presidencia, probablemente no cumplirá con la mayoría de sus promesas de campaña. No sería descabellado pensar, por ejemplo, que una vez que obtenga la máxima posición política de la nación, podría ser que se olvide o ignore algunos de los puntos de su campaña, traicionando así a sus más fervientes votantes. Pero una de las diferencias más importantes entre ambos candidatos es que, considerándolo todo, Trump ya está haciendo declaraciones que van en contra de las razones por las que algunos de sus simpatizantes votarán por él y, más extraño todavía, este hecho parece restarle muy poca inercia al candidato en este proceso electoral.

Dejemos de lado, aunque sea por un breve momento, que la celebridad convertida en candidato ha sido acusado por más de 10 mujeres sobre avances sexuales no deseados, que quiere prohibir la entrada de musulmanes a territorio estadounidense, que busca deportar a 11 millones de inmigrantes , o que utiliza al controversial conspiranoico Alex Jones como una de sus fuentes de información. Enfoquémonos, entonces, en las cualidades, características y propuestas que sus seguidores “admiran” de él.

Para empezar con un ejemplo sencillo, los partidarios del aspirante presidencial no se cansan de pregonar que el candidato republicano “dice las cosas como son”, es decir, que habla con la verdad. No se anda preocupando, aseguran, por la correción política y alegan que es un defensor de la primera enmienda constitucional, la cual se refiere, por supuesto, a la libertad de expresión. El primer punto de los anteriores le ha servido, principalmente, en comparación con la narrativa que dice que Clinton miente o que cambia su discurso según a quién se esté dirigiendo, que, no obstante, también tiene sus tintes de verdad.  Pero, tal como lo muestra un análisis de Politifact, Trump miente con una frecuencia que debería ser alarmante para quienes están interesados en votar por un candidato que sea, por lo menos, medianamente honesto. De hecho, miente con una frecuencia significativamente mayor a la del candidato del partido demócrata. Sobre el segundo y tercer punto podemos referirnos a una ocasión, por ejemplo, en la que se le grabó diciendo que, de ser el nuevo presidente, “aflojaría las leyes de difamación”, es decir, que sería más sencillo demandar a la prensa por los criticismos que hicieran contra él. Además, durante el 2013, el candidato demandó a Bill Maher, el comediante del show Real Time de HBO, por hacer una broma en el que retaba a Trump a que produciera su certificado de nacimiento para probar que su padre no era un orangután, haciendo una obvia referencia al movimiento “birther” conspiranoico que Trump ayudó a popularizar  y que asegura que el presidente actual de los Estados Unidos, Barack Obama, no era ciudadano americano. De manera que ni dice la verdad ni está en contra de la correción política o de disminuir la libertad de expresión cuando se trata de ofensas hacia su persona.

También se ha pintado al candidato a la presidencia como el hombre de negocios exitoso que la nación debería emular y sus más fanáticos partidarios han empezado a repetir la línea que sugiere que  “la nación debería manejarse como un negocio”. Pero la realidad es otra y es que el candidato se ha declarado en bancarrota en, por lo menos, seis ocasiones. Es cierto que Trump es un hombre rico, pero la evidencia lo posiciona más como un hombre afortunado por tener a un padre millonario que a un genio de los negocios y las inversiones. Además, de acuerdo a un reporte de la Associated Press , si Trump simplemente hubiera invertido la cuantiosa herencia que su padre le dejó y la hubiera dejado rendir los frutos del interés monetario, esta fortuna hipotética superaría con creces lo que la estrella de The Apprentice ha logrado obtener en la totalidad de su carrera.

Sus seguidores afirman, también, que el postulante de la derecha es un “tipo duro” que está dispuesto a hacer lo necesario en tiempos difíciles, pero esta es la clásica inversión del lenguaje que es tan común en las discusiones políticas. ¿Cómo va a ser Trump un tipo duro cuando, entre otras cosas, le teme al criticismo de la prensa, se ofende con relativa facilidad y busca ocultarse detrás de un muro gigantesco? El hombre fuerte no es el líder que ataca primero por temor a ser derrotado, sino el que se arriesga a mantener la calma para obtener la mejor solución posible. Este concepto del “líder fuerte” ha sido demistificado desde los tiempos en que Cicerón, mediante sus filípicas, atacaba a Marco Antonio por no atreverse a caminar entre sus ciudadanos:

Pero ¿no es, acaso, preferible morir mil veces antes que no poder vivir entre los propios conciudadanos sin una guardia de hombres armados?

Por otro lado, son sus propios seguidores pertenecientes a la clase trabajadora los que aseguran que Trump traerá más empleos y que mejorará las condiciones y salarios del hombre común. Pero el candidato está en contra de la regulación de la industria y en algunos casos ha expresado su deseo de eliminar o disminuir las regulaciones en un gran porcentaje, que sería una catástrofe tanto para los trabajadores, que históricamente siempre han tenido que pelear por sus derechos, así como para los consumidores de los productos que se crean en este tipo de ambiente y que, entre otras cosas, podrían no ser seguros para su consumo.

Sería sencillo repetir, de la misma forma en que lo han hecho varios medios, la hipótesis que señala que Trump tiene esta popularidad debido a que todavía existe un gran segmento de la población estadounidense que es racista, sexista e intolerante. Y es cierto que la retórica del candidato parece estar diseñada para atraer a esta clase de individuos y a ese nicho demográfico. Pero me es claro que este comportamiento social está mayormente ligado a la mentalidad del rebaño, un rebaño que está dispuesto a seguir a un “líder fuerte”, aunque sea solamente en apariencia, hasta los últimos extremos. Aquí sólo tenemos un ejemplo en el que coincidió que el “Dear Leader” resultó de lo peor.

Fue Émile Zola, como señala Christopher Hitchens en su libro “Letters to a Young Contrarian“, el que “exhibió la relación casi sadomasoquista que existía entre las multitudes inseguras y su adulación por los ‘hombres fuertes’ y la milicia”:

Examina tu conciencia: ¿era realmente tu ejército el que querías defender  cuando nadie  lo atacaba? ¿No era más bien al sable al que de pronto sentiste necesidad  de aclamar?
En el fondo, aún no tienes sangre republicana, los penachos que desfilan te  hacen palpitar el corazón, no hay rey que venga del que no te enamores. ¿El ejército? ¡Bueno, sí, pero ni te acuerdas! A quien quieres ver en tu cama es al general.

Lo peor de todo este espectáculo, al menos del lado republicado de la ecuación, es que Trump puede bromear y lanzar ganchos a sus propios seguidores sin que estos reconsideren su lealtad. En un rally, por ejemplo, bromeó diciendo que podría “dispararle a alguien y no perdería voto alguno”. También se le grabó diciendo que “amaba a los pobremente educados”, refiriéndose a algunos de sus partidarios. En otro momento de total sinrazón, el candidato preguntó, retóricamente, al público: “Qué tan estúpida es la gente de Iowa?” y esto lo hizo, por supuesto, en… Iowa. Es muy posible que el candidato termine perdiendo la elección, como debió ser desde el lanzamiento de su campaña, pero esto no desaparece, de ninguna forma, el hecho de que existe un considerable grupo de personas que votaría por un candidato así sin importar sus comentarios o acciones. Pero en fin, vivimos en un mundo en el que “las acciones son juzgadas por tu reputación, y no al revés”.

Siempre es trágico cuando los ciudadanos votan por un candidato que termina siendo desleal a sus promesas de campaña, pero es más trágico cuando se vota por uno con la esperanza de que termine siendo alguien que no es.  En esta ocasión, y de ganar Trump, no habrá espacio para las excusas o el arrepentimiento y las quejas no podrán ser válidas cuando se ha elegido a alguien que, desde sus inicios, ha demostrado que no tiene interés más allá del propio. Cada persona forja su destino y esto es particularmente cierto cuando se trata de la ciudad que se considera “la más libre del mundo”, pero, dentro de esta libertad, también cabe la posibilidad de elegir voluntariamente al próximo gobernante autoritario.

 

Do what you will, this world’s a fiction and is made up of contradiction.
—William Blake
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