Nada más que la verdad

La importancia de ser particularmente críticos con nuestro candidato predilecto se asoma en estas elecciones estadounidenses.


Con menos de una semana para que inicien las votaciones por el nuevo presidente estadounidense, se ha incrementado el desprecio hacia los miembros de la izquierda que siguen criticando a Clinton. El razonamiento detrás de esta “crítica de la crítica” señala que este acercamiento sólo está fortaleciendo las posibilidades de Trump para ganar la contienda electoral y que, por lo tanto, debería ser evitado.

Ya escribí, en un artículo anterior, sobre la inhabilidad de algunos partidarios de Trump para conectar con la realidad. Lo imaginan, por ejemplo, como un genio de los negocios, a pesar de que sus compañías han quebrado en más de 6 ocasiones; lo ven como alguien que “dice las cosas como son”, aunque los hechos lo muestren como un hombre profundamente mentiroso; piensan que es un defensor de la libertad de expresión cuando, en realidad, quiere “aflojar” las leyes de difamación para así demandar a la prensa que lo critique; dicen que es el “tipo duro” que la nación necesita, pero la evidencia observa que tiene una piel ultrasensible ante la crítica o la burla. Sin embargo, en el caso de los simpatizantes  de Clinton, este fenómeno no se presenta debido a la ignorancia, sino a la clásica deshonestidad intelectual frecuentemente encontrada en los asuntos políticos. Tampoco se ve muy seguido entre sus partidarios comunes, sino en los que se encuentran trabajando para la prensa mainstream.

Es posible encontrar, por ejemplo, una docena de artículos en los que se ataca a los simpatizantes de Bernie Sanders por continuar, entre otras cosas, con la crítica de Clinton tiempo después de que el candidato socialdemócrata ya había perdido las elecciones primarias. El ataque no es porque los partidarios de Sanders estén pregonando mentiras sobre Hillary, de manera que la prensa, al no poder refutarlos directamente, se conforma con llamarlos ignorantes, sexistas, inmaduros, privilegiados, etcétera. Esto es moralmente injustificable y es una peligrosa actitud que se ha utilizado con anterioridad para esconder la verdad bajo la justificación de “lograr un bien mayor”. Pero la historia no miente ni se equivoca.

Un ejemplo más sutil puede mostrarse en la conversación entre Brian Stelter, conductor del programa de CNN que, seriamente y sin ironía, es llamado “Reliable Sources” (literalmente, “Fuentes Confiables”) y Cenk Uygur, fundador de TYT Network. Durante el segmento, ambos discuten el papel de los medios al contabilizar a los superdelegados cuando la posición por la candidatura demócrata todavía era disputada entre Bernie Sanders y Hillary Clinton, lo cual Uygur apunta como una mala práctica de periodismo, al prácticamente “cantar” al ganador desde un comienzo y cambiar la óptica de la contienda. Selter da un giro y reformula la conversación para que sea sobre la posibilidad de tener una mujer en la presidencia estadounidense por primera vez, ignorando el criticismo hacia los medios por su favoritismo o hacia Clinton por su vínculo con los millonarios que apoyaron su campaña, que es la plataforma que realmente diferenciaba a Sanders del resto de políticos y no la falsa distinción política mujer-hombre, que nada tiene que ver con las propuestas de campaña y que es una táctica vulgar para conmover emocionalmente a las personas y hacerles pensar que cualquier oposición a Clinton es una oposición a tener una mujer en la presidencia.

Lo más interesante de esta ocurrencia es que el mismo Orwell, uno de los escritores políticos más mencionados de la actualidad, ya lidió con este tipo de problemas, en su ensayo “A través de un cristal rosa”, cuando era mal visto criticar a las fuerzas soviéticas, a pesar de sus actos criminales, dado que justo habían terminado con la ocupación Nazi:

El reciente artículo del corresponsal en Viena del Tribune ha provocado una avalancha de cartas furiosas en las que, además de llamarle estúpido y mentiroso, y de formular contra él acusaciones de las que podríamos llamar rutinarias, figuraba asimismo la insinuación muy grave de que debería haber guardado silencio aun en el caso de que estuviese contando la verdad.

Cuando A y B son adversarios, a quien ataque o critique a A se le acusa de ayudar y respaldar a B. Y a menudo es cierto, en un análisis objetivo y a corto plazo, que está facilitando las cosas a B. Por consiguiente, los que apoyan a A dicen: cierra la boca y no critiques o, por lo menos, hazlo “constructivamente”, lo que en la práctica siempre significa favorablemente. Y de aquí no hay más que un paso al argumento de que la supresión y la distorsión de hechos conocidos es el principal deber de un periodista.

No sólo debemos evitar oponernos a los argumentos bien fundamentados que van en contra de nuestro candidato, sino que nosotros mismos debemos ser críticos de los individuos que elegiremos como representativos. Ser crítico del candidato por el que votaremos —o hemos votado— no es sólo importante por el lado de la verdad. Es, de hecho, la única forma en que podemos empujarlo a que tome una dirección más cercana a los valores que consideramos importantes. Es la única manera en que obtendremos la “mejor versión” de su persona. En el caso de Hillary Clinton, por ejemplo, podemos observar que su viabilidad electoral actual sólo existe gracias a que, luego de vencer a Sanders, decidiera incluir algunas propuestas del senador y así mejorar su oferta de campaña inicial, ganando así algunos adeptos en el proceso. Adeptos que, a pesar de que preferirían votar por ella en lugar de Trump, no iban a regalar su voto así nadamás.

Temer que la crítica a nuestro candidato pueda ocasionarle la derrota podría ser, también, la razón para que nunca tengamos buenas opciones a elegir y que siempre tengamos que conformarnos con el que es “ligeramente mejor”. Y peor aún, no encontrarle errores al postulante de nuestra preferencia significaría ser como aquellos que, incapaces de salir de la infancia, no dejan de creer en la concepción infantil que sólo ve perfección en los padres y que, por ello, es incapaz de superarlos. No hay mejora sin la crítica y la reflexión.

Fue Aleksandr Solzhenitsyn, novelista ruso e historiador, quien planteó la pregunta fundamental sobre este asunto: “Si quieres cambiar el mundo, ¿por quién empiezas? ¿Por ti, o por los demás?”. La respuesta a dicha pregunta es obvia, pero es aplicable tanto a nuestro comportamiento como a la crítica de nuestra nación y sociedad. Criticar al oponente político es sencillo,  pero necesario; criticar al que está de nuestro lado es difícil, pero noble.

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