El hombre del mañana

La obra maestra de H. G. Wells identifica su monstruosa habilidad para la imaginación.


Reseñando:time-machine-tor-books
The Time Machine
H. G. Wells
144pp.
Tor Books
1895


En 1895, iniciaba el famoso caso Dreyfus en Francia que, además de ser un escándalo político que por años serviría como el ejemplo predilecto sobre la injusticia, introduciría el término “intelectual” por primera ocasión a las conversaciones. Por otro lado, obras como “The Importance of Being Earnest“, del dramaturgo y escritor irlandés Oscar Wilde, se estrenaban como una manera novedosa de realizar una crítica sobre la sociedad contemporánea. Era en este año, también, en el que aparecería una novela que, para hacer un comentario sobre el presente, nos transportaría cientos de miles de años hacia el futuro: La máquina del tiempo.

Mientras que la obra de Jules Verne se enfoca, entre otras cosas, en extrapolar las posibilidades de la ciencia de la época —aumentando la longitud posible de los viajes al fondo del océano o expandiendo las distancias de lo que podría ser un viaje en globo—, H. G. Wells se alejaba a un futuro muy distante y teorizaba, con la clase de especulación que sólo es posible gracias a una notable imaginación, sobre lo que sería de la Tierra y la civilización para el año 802,701 de nuestra era.

En esta “novela científica”, como se le conoció a este género en la época de Wells, se nos presenta a un hombre que logra crear un artefacto de lo más peculiar. Dicho artefacto, se nos informa, le permite a su ocupante viajar en el tiempo para conocer otras épocas. Con esta premisa en mente da inicio la aventura del protagonista, al enlistarse en un viaje que le permite llegar a un futuro muy distante, en el que, en lugar de encontrarse con la versión más tecnológicamente avanzada de la humanidad, descubre que la civilización ha regresado a los roles más primitivos y fundamentales encontrados en la naturaleza: los de presa y depredador.

La odisea comienza lentamente mientras el viajero del tiempo se encuentra fascinado con los habitantes del futuro, que, según nos cuenta, son llamados “eloi”. Estos seres aparentan ser físicamente muy frágiles y, además, parecen gozar de una forma de vida muy despreocupada y sencilla; sin embargo, la situación claramente se intensifica cuando el protagonista observa que otra especie, los “morlocks”, de un comportamiento más bruto y feroz, también existe en los alrededores, añadiendo dificultades a su viaje y poniendo en peligro la posibilidad de su regreso al “presente”.

Dentro del trabajo de Wells, esta obra es la que encuentro más encantadora y es, me parece, la razón de mayor peso para que al autor sea considerado como el “padre de la ciencia ficción”. Su ojo para dedicarle tiempo a los más pequeños detalles —como pensar a futuro sobre el caso hipotético de que la máquina, al viajar en el tiempo, podría aparecer en un lugar ya ocupado por otro cuerpo y que esto, a su vez, resultaría en la explosión del aparato— ayuda a hacer de la narración algo creíble, disfrutable y hasta seductor, como si nos estuviera revelando secretos de un tema para el que nos encontramos emocional y profundamente invertidos. Estos detalles, por otro lado, también demuestran la grandiosa facilidad del autor para adornar las orillas de la obra y extender los límites de la especulación central, enriqueciéndola más allá de ser un libro con un argumento atractivo.

Otro aspecto particular de la obra, que me ha llamado la atención desde la primera vez que la leí, es la utilización de los oficios como un identificador práctico para algunos de los personajes secundarios, que permite introducirlos rápidamente sin la necesidad de desarrollarlos a profundidad y que hoy en día es una práctica bastante común en ciertos videojuegos.

Por otra parte, uno de los comentarios sociales de la novela interroga las razones por las que el humano ha obtenido la inteligencia que posee hoy en día, y nos ofrece un vistazo, en la forma de una hipótesis, de lo que ocurriría si de pronto dejara de existir el conflicto que, el escritor argumenta, nos ha empujado a desarrollar las habilidades necesarias para sobrevivir. Un ejemplo que se podría adaptar a las condiciones de hoy, en las que los más ricos se han vuelto tan dependientes de que alguien se encargue de cada aspecto de sus vidas, que no podrían defenderse o sobrevivir en caso de que fuese necesario. Bien vale la pena recordar que, para el tiempo en que esta obra fue publicada, “El orígen de las especies”, de Charles Darwin, ya tenía casi dos décadas de haber visto la luz, por lo que es interesante ver como el novelista se basa en los aspectos más generales de la teoría evolutiva para desarrollar a las dos especies del futuro. Ciertamente, hoy sabemos que los procesos evolutivos no funcionan exactamente de la manera en que Wells lo sugiere, pero esto no evita que podamos sorprendernos con la clase de deducciones que el protagonista se atreve a realizar.

Hay espacio, por supuesto, para la crítica de algunos de los segmentos del libro, que, debido a su tiempo, pueden sonar racistas o ejemplificar, en los comentarios sobre la diferencia de clases, un razonamiento que bien podría ser considerado elitista. Sin embargo, también sería buena idea apreciar lo avanzado que este texto puede llegar a ser en otras cuestiones. Tomemos, por ejemplo, lo que dice el protagonista sobre la diferenciación del género como una necesidad puramente funcional, que es algo que se sigue discutiendo hasta el día de hoy:

Al ver la facilidad de vida y la seguridad en que se movían estas criaturas, me pareció que esta semejanza tan estrecha entre los sexos era, en medio de todo, lo que podía esperarse; porque tanto la fuerza del varón como la dulzura de la mujer, tanto la institución de la familia como la diferencia de profesiones, son nada más necesidades militantes de una edad en que hace falta la fuerza física.

Donde la población está a gusto y es abundante, el exceso de niños se convierte en un perjuicio más bien que en una ventaja para el Estado; donde la violencia no se produce más que excepcionalmente y la descendencia está segura, hay menos necesidad -bueno, en realidad no hay necesidad ninguna- de la familia eficiente; y la diferenciación de los sexos con referencia a las necesidades de los hijos, es decir, la especialización en las funciones educativas, desaparece.

Fue Philip K. Dick el que decía que los escritores de ciencia ficción no sabían nada, refiriéndose al conocimiento científico. No obstante, incluso cuando la ciencia no sea del todo exacta en estas novelas, algunas de ellas revelan más sobre otros temas y esconden una verdad que es igualmente importante por otras razones (“toda ficción esconde realidad”). Esto es cierto para las novelas de Wells, así como para las del autor de “Ubik”. De manera que, considerándolo todo, incluso cuando el viaje en el tiempo se mantenga como una proposición imposible o puramente teórica para nosotros, The Time Machine es un libro importante porque, además de permitirnos vivir una aventura única, nos recuerda que nuestro futuro como especie se muestra todavía como un horizonte neblinoso e incierto y que hay mucho espacio todavía para soñar con la utopía futurista o la tragedia del mañana.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s