El amanecer de la civilización

Un interesante libro sobre la evolución de la inteligencia humana demuestra por qué Carl Sagan era grandioso.


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Reseñando:
Los Dragones del Edén
Carl Sagan
264 pp.
Booket Paidós México
1977


En 1872, se fundaba la revista norteamericana Popular Science, que, entre otras cosas, se encargó de dar inicio a la industria de la divulgación científica. Con el paso del tiempo, esta actividad se ha vuelto fundamental para la empresa educativa y hoy en día tenemos, como una práctica común, que muchos científicos se involucran en la tarea de informar sobre la importancia de sus respectivas investigaciones. Por supuesto, como en todas las áreas del interés humano, siempre habrá alguien que sobresale por encima de los demás y cuyo trabajo tiene una influencia más profunda que la del resto. Es así que, dentro del campo de la divulgación científica, Carl Sagan es reconocido como uno de los mejores.

Los Dragones del Edén es un libro fascinante que nos permite seguir las especulaciones de este astrofísico, cosmólogo y escritor estadounidense, que tratan sobre los orígenes de la inteligencia humana y la evolución de la misma. La obra en cuestión se centra en extrapolar la información que las ciencias tenían a la mano en esa época para tratar de dar respuestas a preguntas complejas que el hombre se ha hecho desde la antigüedad y que todavía no han sido completamente resueltas.

En un apartado del libro, por ejemplo, el autor se pregunta sobre las razones que han permitido que el hombre haya desarrollado una inteligencia muy superior en relación con el resto de las creaturas de la naturaleza. También busca entender las diferencias entre nuestros antepasados de la especie y el resto de homínidos que han habitado el globo y que ahora se encuentran extintos. Por otro lado, se hace mención de experimentos  en los que participan algunos de nuestros parientes mamíferos cercanos, como es el caso de los chimpancés, que elucidan nuevas maneras de pensar sobre el desarrollo y función de la inteligencia. Se conjetura, también, sobre el papel que el lenguaje ha tenido en el proceso de la evolución de nuestras habilidades cognitivas. Y habla de las ciencias computacionales y de lo que hoy en día es conocido, dentro del área de inteligencia artificial, como la carrera por obtener un mejor entendimiento sobre la inteligencia general.

Este libro es un ejemplo claro de la importancia de la divulgación científica y es evidencia de que existen maneras en las que, al esforzarse en buscar analogías y ejemplos apropiados, la información más técnica puede hacerse llegar al lector promedio, que posiblemente no tiene una formación académica, pero sí la voluntad y el ánimo de aprender sobre el mundo a su alrededor. También es una muestra de una de las características más formidables de la actividad científica, pues, incluso cuando hoy reconocemos que este libro comete una multitud de errores en relación con lo que se sabe en nuestros días, es solamente a través de la ciencia misma que estos errores son rectificados y que nuestros modelos del mundo siguen mejorando y ampliándose.

Mientras que algunas de las especulaciones encontradas dentro de esta obra ya son consideradas —a desventura de la psicología evolucionista— obsoletas por la mayoría de los biólogos modernos, como es el caso de la herencia de información sobre el entorno a nivel subconsciente, no dejan de ser interesantes y creativas en su intento por enlazar las ciencias con los mitos de procedencia religiosa. Lo mismo ocurre con las especulaciones sobre los orígenes del pensamiento religioso o la relevancia de la información de nuestros sueños, es decir, el estereotípico terror nocturno de encontrarse cayendo en medio de un sueño no tiene relación alguna con que nuestros parientes evolutivos se desplazaban entre árboles; sin embargo, es una conjetura peculiar y fascinante, y este libro está plagada de ellas.

“Lo que distingue al sabio del ignorante”, decía Aristóteles en su Metafísica, “es el poder enseñar”. Ciertamente, podríamos concluir de este libro y muchos otros que, en el fondo, la característica fundamental para ser un buen divulgador científico es la habilidad de enseñar, pues esta noble tarea es, en su núcleo, una actividad pedagógica. No obstante, también hay que reconocer que la responsabilidad principal del alumno es la de superar al maestro y es en ese sentido que no debemos perder de vista que las ideas del autor, como él mismo lo sugiere, son solamente eso, y que ya hay una literatura disponible que profundiza en dar una solución tentativa a cada una de las preguntas abordadas por este libro y que expone el conocimiento científico actual para cada una de ellas.

Finalmente, aunque Sagan no intenta mostrarse demasiado hostil hacia la religión a lo largo de la obra, sí desestima inmediatamente la idea del dualista para explicar el funcionamiento cerebral, que, hoy en día, seamos honestos, existe casi exclusivamente dentro de la apología religiosa como uno de los últimos muros que protegen la posibilidad de lo sobrenatural. Sin embargo, en otros fragmentos el autor parece afirmar la necesidad del razonamiento científico por encima del dogma, y lo confirma con un comentario que bien podría ser considerado análogo al Jaque mate del ajedrez:

En una época en ciertos aspectos parecida a la nuestra, San Agustín de Hipona, después de una juventud licenciosa y mentalmente expansiva decidió retraerse del mundo de las sensaciones y del intelecto y aconsejó a otros que hicieran lo propio: ‘Existe otra forma de tentación que entraña incluso mayor peligro. Es la enfermedad de la curiosidad… Ella nos impulsa a querer desentrañar los secretos de la naturaleza, secretos que escapan a nuestra comprensión, que nada pueden reportarnos y a la que los hombres deberían renunciar. En medio de esta inmensa jungla llena de acechazas y peligros, he retrocedido y me he apartado de estas espinas. Flota a mi alrededor ese sinnúmero de cosas que nos trae la vida de cada día, pero no me sorprendo ni dejo que me cautive el genuino deseo que siento de estudiarlas’. La muerte de San Agustín, acaecido en el año 430 de nuestra era, marca en Europa el comienzo de la larga noche medieval o, dicho de otra manera, de la época del oscurantismo.

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