O lo uno o lo otro

Sam Harris invita a la nación más avanzada del mundo a actualizar sus creencias.


Reseñando:letter_to_a_christian_nation
Letter to a Christian Nation
Sam Harris
120pp.
Vintage Books
2006


Fue en 1932 que el filósofo británico, Bertrand Russell, aparecía publicado en su célebre ensayo Why I Am Not a Christian. Desde entonces, el tono de ese polémico pero importante texto, que hace un intento por refutar una serie de argumentos religiosos sobre la naturaleza de Dios y la historicidad de Jesucristo, ha sido emulado en múltiples ocasiones y hoy nos encontramos con una de sus derivaciones más recientes y controvertidas.

Hago referencia al libro de Russell porque Letter to a Christian Nation, obra que nos ocupa el día de hoy, bien podría haberse llamado “Por qué TÚ no deberías ser cristiano”, pues, diseñado a manera de una carta escrita a un creyente estadounidense, resume algunas de las razones por las que éste debería reconsiderar su fe, palabra que el autor de la obra define como: “no otra cosa que la licencia que las personas religiosas se dan entre ellas para seguir creyendo cuando las razones fallan”.

No hay nada particularmente nuevo o innovador, en este pequeño y breve libro de Harris, para quienes ya se encuentran familiarizados con los debates de estilo universitario entre ateos y teístas. Y, considerándolo todo, los argumentos que son presentados a lo largo de este ensayo ya se han hecho anteriormente, de una u otra forma, en las distintas plataformas discursivas; sin embargo, es un libro que realiza un destacable trabajo en condensar, de manera directa y sin preocuparse por herir susceptibilidades, los motivos por los que las personas suscritas a esta doctrina deberían cuestionar su visión del mundo y hacer un intento por entender las implicaciones de seguir creyendo en este sistema ideológico.

El libro se centra en señalar los errores o problemas de diversas creencias dogmáticas encontradas en la religión abrahámica con mayor número de seguidores. Partiendo desde una perspectiva utilitarista, Harris encuentra un obstáculo en muchas de estas creencias, que, además de ser inmorales, dan la falsa ilusión de ser lo contrario y evitan que el mundo avance hacia un mejor état de choses. En el tema del aborto, por ejemplo, el autor sugiere que ésta es la razón fundamental por la que el cristiano común “gasta más energía ‘moral’ oponiéndose al aborto que combatiendo el genocidio”. Hay que recordar, por supuesto, que el debate sobre el aborto sigue siendo un tema sensible en tierras estadounidenses y que, debido al índice de religiosidad de la nación, existen lugares en los que, además de existir una oposición fuerte al procedimiento, hay legislaciones en pie que obligan a la mujer a continuar con el embarazo incluso cuando el producto no será viable.

Profundizando en ese mismo tema, el autor refuta el argumento del “potencial humano”, que es frecuentemente citado por la oposición religiosa, como una razón válida para estar en contra del aborto:

Casi toda célula en tu cuerpo es un ser humano potencial, dados los recientes avances en ingeniería genética. Cada vez que te rascas la nariz estás cometiendo un Holocausto de seres humanos potenciales. Esto es un hecho. El argumento del potencial celular no te llevará a ningún lado.

o también con esta gran gema retórica:

Se ha estimado que 50 por ciento de toda concepción humana termina en un aborto espontáneo, usualmente sin que la mujer se dé cuenta de que estaba embarazada. De hecho, 20 por ciento de todos los embarazos reconocidos terminan en pérdida. Hay una obvia verdad aquí que grita por ser reconocida: si Dios existe, Él es el más prolífico abortista de todos.

Es así que el resto del libro se mueve de un tema a otro, mostrándole al lector la necesidad entre mantener sus creencias o adherirse a la verdad, pero no engañarse creyendo que puede quedarse con ambas cosas a la vez. La tésis del autor se vuelve bastante simple en ese sentido: el creyente cristiano está en su derecho de creer, por ejemplo, que el personaje de Jesucristo es el hijo de Dios, pero debe conceder que no hay evidencia histórica suficiente que indique que esta persona en realidad existió. Puede rechazar la teoría evolutiva en favor de una hipótesis religiosa, como es el caso del creacionismo o el “Diseño Inteligente”, pero deberá aceptar que esta clase de acercamientos son directamente anticientíficos. Le es permitido sentirse moralmente superior en lo que se refiere a los miembros ateos de su comunidad o nación, pero tendría que ignorar el hecho de que los países con un mayor grado de secularización e irreligiosidad son los que poseen un estilo de vida más justo e igualitario. Puede pensar que el Buen Libro es obra de la inspiración divina, pero tendría que ignorar las múltiples contradicciones y errores que existen en el mismo.

La empresa de Harris es complicada, pues, como muestra Schopenhauer en sus ensayos sobre la voluntad humana, una persona no puede dejar de creer en algo a placer, incluso cuando se le presenten buenos argumentos (recordemos la diferencia que existe entre prueba y persuasión). No obstante, sería un cambio radical si, por lo menos, con esta clase de emprendimientos literarios, se avanzara la causa de la honestidad intelectual un poco y la esquina religiosa dejase de pretender que sus argumentos son científicos o lógicos, cuando, en realidad, siempre han sido —y siempre serán— una cuestión de fe. De igual manera han perdido la guerra filosófica a largo plazo, claro está, pero podrían hacerlo de una forma más noble y sin tener que hacer la vida de los demás miserable en el intento.

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