Memento Mori

Una intrigante novela, con carisma y desencanto por igual, explora nuestro distanciamiento con la muerte.


Reseñando:never-let-me-go
Never Let Me Go
Kazuo Ishiguro
304pp.
Vintage
2005


Cuando era más joven, me era difícil entender, a plenitud, el interés de los británicos por romantizar los internados académicos y la facilidad con la que se cambió el discurso alrededor de los mismos. Ciertamente, entendía el razonamiento detrás de la idea de que podían fortalecer el espíritu, pero era consciente de que, así como existen almas nobles que se sienten obligadas a hacer siempre lo correcto (incluso cuando no hay testigos de por medio), también están las que encontrarán una grotesca oportunidad en la ausencia de la tradicional vigilancia paternal hacia los más pequeños e indefensos. Si uno lee suficientes autobiografías, de británicos célebres y no tan célebres, las historias siniestras sobre estos lugares no dejarán de acumularse en un contexto para el que un caso aislado ya parece ser demasiado.

Luego está este otro sentimiento peculiar y alarmante, que me golpeó, por primera vez, cuando se publicaba la novela de J. K. Rowling, “Harry Potter and the Philosopher’s Stone”, que marcaba el inicio de las aventuras del joven mago más famoso del mundoEsta novela parecía cambiar, nuevamente, la percepción sobre los internados y los retrataba en lo que, a mi parecer, era una imagen demasiado atractiva y favorable. Por supuesto, se podría decir que la cultura de mi país, México, está muy centrada en la unidad familiar y que alejarse de la familia a temprana edad es la excepción y no la regla, por lo que este detalle sobresale todavía más en contraste con mi herencia cultural; sin embargo, aunque podríamos debatir todo el día sobre las ventajas y desventajas de este acercamiento para la crianza de los infantes, hay un trecho muy lejano entre fomentar una crianza más independiente para los menores y la idea, que he llegado a escuchar en repetidas ocasiones desde que esta serie empezó su publicación, de la boca de jóvenes, de sentirse desanimado, en una especie de nostalgia por una memoria robada, al no haber sido de aquellos niños que, como en la novela, fueron lo suficientemente “afortunados” para ser alejados de la compañía de sus padres para ir a una de estas fantásticas boarding schools.

Incluso el magnífico Orwell, en sus días de participar en el criticismo a la cultura británica, terminó dedicando uno de sus magníficos ensayos (que me resulta extraño que no sea tan conocido) a examinar el fenómeno de las historias que involucraban este tipo de establecimientos y el encantamiento que estas instituciones de enseñanza invocaban en los más jóvenes. Lo que nos lleva, finalmente, a “Never let me go”, la novela del escritor británico Kazuo Ishiguro que merece nuestra atención el día de hoy y cuyos primeros capítulos ocurren en uno de esos tantos internados que son obras de la ficción.

En “Never Let Me Go“, tenemos la oportunidad de explorar algunos fragmentos sobresalientes de la vida de Kathy, un personaje que al reencontrarse con dos amistades sumamente importantes de su infancia, Tommy y Ruth, revive ciertas memorias del internado en el que estudió que la orillan a pensar que su juventud era mucho más singular o “especial” —como se describe en la obra a diferentes momentos y capítulos— de lo que ella podría sospechar.

La novela señala, entre otras cosas, las dificultades que enfrentó Kathy, constante e internamente, para encontrar su lugar en el mundo y está llena de anécdotas sobre lo que le ocurrió durante su “hospedaje” en el famoso internado. Todo ello, por supuesto, alrededor de los dos personajes principales antes mencionados. De Tommy, por ejemplo, nos enteramos inmediatamente de sus problemas para controlar sus enfados e impulsos emocionales, y cómo es que esto servía como combustible para que los demás compañeros de la escuela lo molestaran aún más. También vamos aprendiendo sobre su transición a un temperamento más tranquilo y las causas que originaron dicho cambio. Al mismo tiempo, Ruth crece para ser de esas personas que trata de encajar en sociedad y que, a pesar de saberse diferente, decide sacrificar un fragmento de su individualidad, como dicta la costumbre, en favor de sentirse como un miembro más del grupo. En otras palabras, sigue con la estereotípica paradoja estudiantil en la que: i) alguien que sobresale, pero no por algo deseado, quisiera pasar desapercibido mientras que ii) alguien fuera del foco de atención añora la aprobación y miradas de los demás, aunque sea mediante la adopción de una falsa ‘persona’.

El libro construye gradualmente un cuadro que, con lujo de detalle, inunda nuestra mente con hechos que involucran a estos tres personajes y que nos permiten imaginarnos los distintos escenarios de la obra, pero, al mismo tiempo, sin dejarnos saber con precisión lo que realmente está ocurriendo ahí. Hay cotilleo juvenil sobre las características que distinguen a cada guardián del internado, roces de una naturaleza minúscula entre estudiantes y descripciones sobre pequeños acontecimientos que significaron muchísimo para los protagonistas, pero que, claramente, no dejan de ser exposiciones de la visión romántica e inocente de la niñez y juventud. Sin embargo, desde que inicia el libro hay un secreto que acecha en los márgenes de cada recuerdo y cuya liberación ocurre en incrementos tan pequeños que casi es posible olvidarse de todo el asunto, para así dar paso a dejarse envolver por la intrigante narrativa y las cautivadoras interacciones entre los personajes centrales.

Luego, la resolución del libro se mantiene lo suficientemente vaga para que pueda ser interpretada de diferentes maneras. Por una parte, el secreto que guarda el libro tiene que ver con saberse mortal y está relacionada con la donación de órganos. En ese sentido, esta obra de Ishiguro bien podría funcionar como un memento mori. Pero con esto no me refiero a uno que nos obliga a ser conscientes de que podemos ser atropellados cualquier día y que por ello somos recordados de nuestra fecha de expiración. Hablo de tener a la mortalidad al frente de nuestros pensamientos a todo momento y que nuestras actividades sean moldeadas por dicho pensar.

La diferencia entre un adolescente saludable y uno que se sabe terminantemente enfermo está, inter alia, en que el primero sólo puede pensar en participar en los juegos de Eros, mientras que el segundo está haciendo todo lo posible por ganarle un día más a Tánatos. O algo así diría Hitchens, aunque con mucho más estilo. Christopher Hitchens es, por supuesto, el autor de Mortality y quien en sus memorias, Hitch-22, confiesa haber llevado dos series de libros en relación al descubrimiento de tener cáncer de esófago. Uno consistía en seguir construyendo su carrera, en caso de que pudiera sobrevivir a su condición, y el otro, caso contrario, en realizar los preparativos necesarios por si su suerte se agotara y se le avisara que la fiesta en la Tierra “se le había terminado”. Los personajes en el libro de Ishiguro, por otro lado, son tan conscientes de su potencial caducidad que lo han internalizado de tal forma que resulta lo más natural del mundo, pero de igual manera tienen sus reglas para evitar hablar de ello de forma tan directa.

La conclusión del libro, bajo esta más favorable interpretación, cuestiona, básicamente, el valor de la mentira como una fuente de protección frente a una realidad que es demasiado cruel para ser tolerada. Es decir, todos sabemos que vamos a morir uno de estos días, pero creamos ficciones para hacer de la muerte algo simbólico por la mayor parte de nuestras vidas y así no tener que lidiar con el hecho de que, por más avanzados que nos sentimos como especie, seguimos teniendo un cuerpo frágil que enferma y se quiebra y está, en general, a la merced de la naturaleza.

Si lo que Ishiguro quiere brindarnos con esta novela es la lección de que existe todo un conglomerado de ilusiones, como lo es la religión, que existen para que evitemos mirar de frente a la realidad de nuestra propia mortalidad, entonces estoy de acuerdo con dicho pensar. Sin embargo, he de admitir que la resolución de la novela deja mucho que desear y que los personajes de la misma parecen bastante conformes con tocar preguntas sensibles para luego olvidarse de ellas. Son, por decirlo así, como el individuo que hace notar la peculiar vestimenta del emperador o que señala la existencia de un gigantesco mamífero en la habitación solamente para que, luego de dar un paso atrás, se vea en la necesidad de declarar, con nerviosismo y sin el coraje de sus convicciones, que él sólo estaba “haciendo preguntas y nada más”.

Ciertamente, disfruté leer el retrato íntimo de estos personajes e informarme sobre lo que les ocurría. Durante las primeras dos partes del libro, que son lo más destacable, uno lee sobre situaciones que parecen de lo más común, pero que no dejan de tener un encanto; sin embargo, es claro, desde el principio, aunque esto es señalado de manera muy sútil, que hay algo que no encaja totalmente con esta imagen y que dará lugar al giro argumental de la obra. Este giro llega a su cúspide en el tercer acto y, lejos de servir como un catalizador para lo que hemos leído hasta entonces, arruina ese momentum que se había construido en favor de un artilugio que sólo sorprenderá a los que consumen obras por su plot twist.

La tercera y última parte del libro parece intentar recolectar todo lo que el autor había planeado decir con la obra, pero que no encontró como hacerlo en otro momento y esto, a mi parecer, diluye su efecto, al mantenerse igualmente vago y no mostrarse definitivo en lo que intenta decir, y no permitir que los personajes lo digan a través de lo que les ocurre, mientras que deja muchos huecos abiertos que invitan a cuestionar el proyecto en su totalidad. Sin embargo, a pesar de mis problemas con el final, debo admitir que estuve muy interesado en conocer el destino de los personajes durante todo el viaje.

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