Los detalles no bastan

La vida de James Bond no es siempre tan emocionante como en las películas.


Reseñando:
Thunderball
Ian Fleming
Thomas & Mercer
262 pp.
Pub. O. en 1961


En la tradición literaria podemos encontrar una multitud de pecados, atribuidos al arte de la escritura, que, se argumenta, deberían ser evitados. Estos pecados vienen en diferentes formas y tamaños, y se han realizado, a través de la historia, diversas jerarquías para identificarlos y navegar entre ellos; sin embargo, hay algunos que parecen trascender esta disciplina y que bien podrían ser considerados universales. Uno de ellos —quizá uno de los más importantes— es el de ser aburrido; característica que, me temo, puede entorpecer a la más noble de las causas. Con esto en mente, hoy les he querido hablar de “Thunderball”, un libro que, lamentablemente, servirá como un caso ejemplar de esta común transgresión intelectual.

Dividida en 24 cortos capítulos, esta novela de suspenso nos brinda a un James Bond que, luego de ser obligado a tomar unas necesarias vacaciones en un spa, tropieza con una organización terrorista conocida como SPECTRE, que parece operar al mismo nivel que las agencias de inteligencia internacionales y que está planeando algo grande que el agente favorito de la cultura pop deberá descifrar e impedir.

Si uno está familiarizado con las novelas del autor, es posible deducir la fórmula general de su estructura: un villano con un carácter excéntrico o alguna peculiaridad que se hace notar a lo largo de la novela; el interés amoroso de Bond, que lo distraerá un poco de su objetivo en momentos inapropiados; una misión de extremo peligro que depende totalmente del éxito del protagonista y, finalmente, un escenario plagado de lujos y excesos adornando los márgenes de la historia.

Uno de los primeros repelentes que encontré al leer esta novela se puede localizar en los comentarios sexistas que se realizan en la misma. Normalmente puedo hacer a un lado este tipo de comentarios cuando son de una naturaleza incidental y es posible atribuirlos a la época del autor; sin embargo, en este caso no había nada que fuese incidental, y, más importante todavía, si nos enfocamos a las acciones de importancia en el libro, éste podría ser resumido con detalle en la parte posterior de una caja de cerillos. En otras palabras, hay obras en las que, al hacer a un lado los comentarios ignorantes comunes de la época, es posible encontrar valor en otras áreas; pero aquí simplemente no hay mucha sustancia y esto permite que dichos comentarios ignorantes adquieran protagonismo, además de que el autor parece desviarse deliberadamente de la historia principal para hacer una declaración de este tipo.

Este problema se ve agigantado, principalmente, debido a que el autor no puede evitar exagerar todo lo que circula alrededor de la historia, que, en ocasiones, significa engrandecer el estado de Bond, posicionándolo como un fumador de sesenta cigarrillos diarios y bebedor irremediable que, no obstante, tiene la suficiente condición física para entrar en combate con profesionales entrenados para matar. Otras veces, lamentablemente, esto significa hacer un comentario sobre alguna mujer que termina en una generalización ofensiva sobre todo el género femenino. Esta tendencia prosigue a lo largo de la obra y, para el final, ya se nos ha explicado, en lo que parece una confesión innecesaria, que las mujeres son pésimas para manejar y que el mayor de los peligros reside en encontrar un vehículo ocupado exclusivamente por miembros de este género. Hay incluso una línea, cercana al final, en el que el colega de Bond, teniendo que confrontar el hecho de que una mujer haya salvado la vida del espía más famoso del mundo, decide que la mujer merece un poco más de respeto del que él le había asignado previamente. Por supuesto, inmediatamente tiene que enmendar su comentario para clarificar que sólo se refiere a las mujeres italianas, pues, imagino, otorgar cierto nivel de respeto mínimo al resto del género sería demasiado y éste debe ser ganado.

Luego está el asunto del exceso de detalles o, si uno quiere ponerlo así, el detalle de los detalles. Ser generoso con las descripciones no es, por sí mismo, un problema. Esto es evidente en este subgénero, en el que, por ejemplo, un breve comentario sobre los colores de un uniforme o la utilización de cierta simbología puede ayudar al lector a deducir algo sin que el autor tenga que decirlo de forma explícita. Y, dentro de la fantasía y la ciencia ficción, esto es todavía más común, pues hay la necesidad de explicar las características fisiológicas de creaturas fantásticas que no pertenecen a la fauna terrestre o describir objetos futuristas que logran proezas inimaginables y que están lejos de ser recreados en nuestro mundo. Sin embargo, el ejercicio de leer este libro se volvió cansado muy rápidamente, dado que la historia principal parecía no avanzar porque era necesario que el lector se enterara,  con dilatada especificidad, sobre el funcionamiento y las partes de algún vehículo, de marcas y productos de consumo y hasta de la temperatura y humedad de la habitación, que, en otras circunstancias, bien podrían ayudar a crear una sensación de realismo, como apuntaba Kingley Amis en lo que llamaba “el efecto Fleming”, pero esto no funcionó apropiadamente en esta entrega.

Finalmente, la parte más interesante del libro, más interesante que todo el asunto del plan siniestro incluso, es la aparición de Blofeld, que es, probablemente, el villano más famoso dentro del microcosmos literario de Fleming. Tristemente, aunque el lector se entera que este personaje es el que está orquestando todo bajo la protección de las sombras, con Bond esto no es así. Un elemento cansado y vulgar, que frecuentemente es encontrado en series literarias, es el de tratar de mostrarte un mayor mal que el protagonista tendrá que enfrentar en futuras entregas, garantizando así que los lectores compren el siguiente libro, pero diluyendo la importancia de los villanos en el libro actual. En algunas ocasiones, esto se logra conservando cierto nivel de gracia; sin embargo, el villano de Thunderball, Emilio Largo, es apenas una caricatura genérica y decepcionante en comparación con otros villanos del género. Es incluso decepcionante dentro de esta serie de libros.

En general, Thunderball, siendo parte del canon, está destinada a ser consumida por los fanáticos de James Bond, pero nadie se estaría perdiendo de mucho al brincársela.

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