Traficante de miedo

Las memorias de Ayaan Hirsi Ali nos advierten de un gran peligro, pero la argumentación no está a la altura.


Reseñando:
Nomad: From Islam to America
Ayaan Hirsi Ali
277 pp.
Atria Books
Pub. O. en 2010


Fue durante la mañana de un martes, 11 de septiembre de 2001, que una inimaginable catástrofe sacudió a los Estados Unidos y al mundo entero en general. El resto de la historia ya es un tema conocido. Ciertamente, fue un trágico evento y una mancha en la historia mundial, pero lo que le siguió fue mucho peor: una guerra injustificada, una incontable cantidad de vidas inocentes perdidas, la disminución a las libertades de los ciudadanos estadounidenses en favor de la “seguridad”, el aumento de la discriminación a la mínima señal de una vestimenta, lenguaje, costumbres y hasta tono de piel que se pudiera “vincular”, aunque fuese de forma diminuta, a los perpetradores del acto terrorista, etcétera. El mundo cambió ese día y el acontecimiento que originó dicho cambio sucedió en poco menos de dos horas.

En “Nomad”, Ayaan Hirsi Ali nos da un recorrido por lo que ha sido de su vida y nos confía las razones que la llevaron de ser una fiel seguidora del islam a convertirse en una ciudadana estadounidense que, además de ser irreligiosa e independiente, se ha involucrado en los asuntos políticos que parecieran trazar una línea entre su nuevo hogar y la religión de su infancia.

Su historia es casi interesante. Ella creció en el seno de lo que podría llamarse una familia musulmán fundamentalista; lidió, por mucho tiempo, con la ausencia de su padre biológico; padeció, también, de los horrores de la mutilación genital femenina, de la que demasiadas niñas todavía son víctimas al día de hoy; se vio en la necesidad de escapar de un matrimonio arreglado por su padre y sufrió —y ha sufrido desde entonces— de las amenazas de muerte que comenzaron paralelamente a sus críticas del islam.

La obra toca muchos aspectos personales sobre su vida. Tiene capítulos en los que habla específicamente de la relación que tenía con varios miembros de su familia y desarrolla un recuento de las dificultades que ha tenido que sortear. También habla de su establecimiento como refugiada en los Países Bajos y su ascenso a la vida política de esta nación. Y dedica, claro está, especial atención a hablar de los Estados Unidos; país que se convirtió en su nuevo y actual hogar.

Hay una parte del libro —la de su trayecto personal— que podría ser fascinante; sin embargo, la autora no está contándonos su historia bajo la pretensión de que su vida ha sido de lo más interesante. La raison d’être de este libro tiene que ver con el hacha que Ali busca amolar y esto se percibe, claramente, cuando la narración de los sucesos de su juventud es interrumpida, muy a menudo, para atribuir todo mal a la religión con la que creció y a hablar de qué tan superior es el “Occidente”, en comparación.

Conforme el libro sigue su curso, este tipo de comentarios y comparaciones se vuelven, tristemente, cada vez más caricaturescos. Ali parece incapaz de articular una crítica que no esté basada en una invocación de opuestos: observa al dios del islam como uno violento, pero al cristiano como “puro amor”; si encuentra dogma en el mundo musulmán, entonces la razón y la lógica reinan en Occidente, etcétera.

Sus argumentos serían más que bienvenidos si pudiera conjurar un poco de evidencia en que apoyarse, pero las justificaciones que da son apenas anecdóticas o especulativas. Hace caso omiso o directamente menosprecia el efecto que tienen los factores sociales, geográficos, históricos y económicos para simplemente declarar que la religión es la culpable. En algunos casos, esto puede incluso causar un efecto cómico, aunque involuntario, cuando, después de explicar un contexto en el que hay problemas económicos, de enfermedades mentales o de adicción, se trata de ofrecer el caso de que es, de hecho, la religión la culpable. También dedica, en ocasiones, algunas líneas para responder a las posibles críticas que recibirá por el libro, pero, en lugar de refutarlas, su riposte más frecuente es, principalmente, una apelación a las emociones del lector.

En otras partes, la conversación es deshonestidad intelectual pura. Hace el argumento, muy frecuentemente utilizado por los medios right-wing, de que la izquierda política (o el movimiento feminista, más específicamente) ha fallado al evitar la crítica hacia el islam en favor del relativismo cultural.  Pero esto ignora la complejidad de la situación por completo. Ciertamente, hay miembros radicales con opiniones peculiares en todos los grupos, pero estos no deberían considerarse representativos de la mayoría. No obstante, esta tendencia a generalizar las opiniones y argumentos de sus opositores está presente durante todo el libro (“la izquierda”, “los musulmanes”, “el islam”, “las feministas”, etcétera). La realidad es que la izquierda estadounidense está más que contenta en criticar la cultura de, por ejemplo, Arabia Saudita, que es un aliado de los Estados Unidos, pero tiene razón en pausar al hablar de lugares como Iraq, en donde parte de la terrible situación actual, de la “regresión cultural”, se debe, en considerable medida, al intervencionismo estadounidense que fue financiado por los impuestos de ciudadanos norteamericanos.

Siguiendo la misma línea retórica, la autora decidió que sería buena idea asegurarnos, casi a manera preventiva, que no es de inclinaciones conservadoras, lo cual, además de risible, es la peor táctica de persuasión de la historia. Me recordó a cierto comercial de la activista conservadora Christine O’Donnell, en el que inicia el clip declarando que “no es una bruja”. Pero más allá de eso, es casi un comentario irónico si consideramos que la autora hace declaraciones que parecen ser guiños a una audiencia específicamente conservadora.

De esto último tenemos, por ejemplo, lo que parece un comercial para el American Enterprise Institute, ya que se nos asegura, claro está, que no es la guarida neoconservadora que muchos creen. De manera que, mientras leemos esta clase de comentarios innecesarios, tenemos que pretender que no sabemos que miembros del AEI, como John Bolton y Paul Wolfowitz, jugaron un rol importante en las políticas que resultaron en la llamada “guerra contra el terrorismo”, que no es más que el lema que serviría como excusa para buscar el “cambio de régimen” en Iraq. Ali, por cierto, también estaba a favor de ir a la guerra contra esta nación y lo confiesa en este libro.

Por otro lado, la autora también tiene halagos para el libro “The Bell Curve”, de Charles Murray, que propone, entre otras cosas, la existencia de una diferencia en inteligencia basada en razas y que ha sido refutado desde entonces ad nauseam, pero que sigue siendo citado, con frecuencia, por supremacistas raciales que se autodenominan “realistas raciales”.

Ignoro para que otra cosa serviría este tipo de referencias cuando no parecían útiles dentro del contexto en que fueron enmarcadas y, debo admitir, el ejercicio se estaba volviendo tan ridículo que, por un fugaz momento de ensimismamiento, la historia personal de Ali pasó a segundo término y pensé que pronto me encontraría con un comentario diciendo que Henry Kissinger no era tan malvado como se dice y que, de hecho, hace los mejores y más creativos regalos en Navidad.

El caso es que Ali parece padecer del mismo síndrome del inmigrante agradecido con el que Christopher Hitchens también lidiaba, en el que, al tener una cálida bienvenida como nuevo ciudadano estadounidense, se empieza a ser más permisivo con las acciones de la nación-huésped y más severo con los recipientes del intervencionismo de ésta.

Yo mismo, confieso, no soy muy partidario de la religiosidad, pero no veo necesidad alguna de aumentar la alarma sobre el Islam en un país en el que ser miembro de esta religión ya significa que sufrirás de altos niveles de discriminación. E incluso me atrevería a apostar que, en algunos rincones de Estados Unidos, el tradicional saludo árabe, “As-Salaam-Alaikum“, causa más temor que la entonación de un “Sieg-Heil!”, a pesar de que, de acuerdo al FBI, la mayoría de actos terroristas del país norteamericano no han sido perpetrados por musulmanes.

En resumen, no he podido encontrarle mucho valor a lo que este libro parece ofrecer. Dejando de lado de que no se brinda evidencia alguna para los argumentos que propone, los puntos de Ali no son muy diferentes a los que ya hemos escuchado de la boca de Sam Harris, Maajid Nawaz, Douglas Murray, entre otros. Que ya han sido debatidos en el pasado sin llegar a mucho. Incluso la frase en el subtítulo del libro, “Clash of Civilizations”, viene de la teoría de Samuel P. Huntington, que, por grata “coincidencia”, también especulaba que el islam será la más grande amenaza para la paz mundial. Dicha teoría, con poco mérito y refutada desde entonces por verdaderos intelectuales, como Noam Chomsky y Edward Said, ha servido de excusa para las políticas intervencionistas estadounidenses desde entonces.

Las experiencias crueles y las dificultades que vivió Hirsi Ali nadie se las puede quitar, y son válidas e importantes por sí mismas; pero las conclusiones que deriva de ellas sobre lo que se debe realizar, en términos de política internacional, son simples regurgitaciones de malas y endebles hipótesis que se derrumban frente al más mínimo escrutinio y que sólo sirven para potenciar el miedo hacia los miembros de esta religión.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s